18/10/2018
Editoriales

El valor de una buena respuesta

En el siglo X existió Mahmud de Ghazna, un salvaje conquistador afgano que asolaba a persas e hindúes.

Y sucedió que en el Irak persa murió su gobernador, así que al frente del gobierno estaba - en calidad de regente-, su viuda Seada.

Mahmud de inmediato le escribió una carta exigiéndole tributo, so pena de que, en caso contrario, invadiría. 

Una vez leída la misiva Seada le envió de regreso con el mismo mensajero la siguiente respuesta:

Cuando mi esposo vivía siempre sentía yo miedo del gran rey Mamhud, que ha conquistado Persia y La India. Pero ahora ya no siento el menor temor, pues sé que tal monarca jamás enviaría un ejército a combatir una mujer. 

Si pelease contra mí, resistiría hasta el final. Si yo venciese alcanzaría fama eterna. Y si el sultán me venciese, la gente diría que tan solo ha derrotado a una vieja mujer.

Puesto que el sultán es un hombre demasiado sabio para quedar expuesto a cualquiera de esas alternativas, no temo a lo que pueda ocurrir.

El sultán Mahmud “El destructor de ídolos” se sintió impresionado con el mensaje de Seada y juró que no invadiría Irak mientras viviese la reina. Y cumplió su juramento.