29/Sep/2020
Editoriales

Quien mucho habla, mucho yerra

 El presidente Andrés Manuel López Obrador es un político de gran experiencia.

Ya fue alcalde de la Ciudad de México, fundador y dirigente nacional de varios partidos políticos, y hace un par de años se mudó al palacio nacional.

Tres campañas presidenciales alargan el colmillo a cualquiera, y AMLO es bastante picudo.

Su carta de presentación es su honradez, entendida como el arte de no robar, aunque suele hacer trampas, algo que muchas veces es más rentable.

En lo general es un político pragmático que habla el mismo idioma que sus seguidores y a todo le da un enfoque electoral.

Sabe que el mayor número de votos está en la base de la pirámide demográfica, entre los más pobres, por ello reparte dinero a millones de personas.

Sin embargo, tiene un defecto: su obstinación, y gobernar bien es, en principio, rectificar, palabra que no está en su diccionario.

Bien pudo darle reversa a la rifa del avión presidencial; ya había cosechado grandes éxitos mediáticos exhibiendo a sus antecesores Calderón y Peña Nieto como despilfarradores.

Pero se empeñó en seguir; tanta exposición en las pantallas televisivas -que el avión así y que el avión asado-, igual puede proyectarlo hoy a la estratósfera, que mañana hundirlo en un lúgubre socavón en el desierto de Chihuahua.

Realizar una rueda de prensa mañanera todos los días, es un esquema agotado; su sobre exposición a cuadro en la televisión le volvieron cliente de los llamados Memes, y comienza a ser un lastre para sus siempre irredentas aspiraciones de popularidad.

Le obliga a tocar temas que unos resultan beneficiosos, y otros en mentiras.

Se accionó la primera alarma con la rifa de un avión sin avión, pues de todos los millones de beneficiarios del dinero en efectivo mensual, sólo unos cuantos compraron un cachito de la rifa, y el mismo gobierno tuvo que comprar a través de sus empleados la mayoría de esos boletos.

Negocio, lo que se dice negocio, no fue esa rifa.

Cuidadete.