15/Sep/2019
Editoriales

¿Qué crees que pasó?

Agosto 19 de 1811: se establece la Suprema Junta Nacional Americana en Zitácuaro, Michoacán, con Ignacio López Rayón como cabeza visible. Recordemos que López Rayón había sido secretario del cura Miguel Hidalgo, lo que lo hacía ver como el depositario natural en algunas materias, como era precisamente, la integración de la Junta Nacional de la América Mexicana.

López Rayón, al saber de la muerte de Hidalgo, convocó de inmediato a los primeros jefes de la Nación americana que dirigían al ejército insurgente, pues junto con Hidalgo habían caído –gracias a una histórica traición- casi todos los cabecillas del movimiento independentista. La convocatoria era para establecer una Asamblea representativa, que tuviera carácter cuasi constituyente, fijando que sería en Zitácuaro el 19 de agosto de 1811, fecha que hoy conmemoramos a 208 años de sucedida. Esta elección marcaba una gran diferencia con cualquiera de las que se habían celebrado en la América Septentrional en 1809 y en 1810. No hubo Concejos municipales, como le hacían los españoles para designar a los diputados constituyentes, ni grandes concentraciones populares como las promovía Hidalgo, para elegir a los primeros jefes y oficiales de la Nación en armas.

Según la interpretación de José Herrera Peña en “La elección de 1811 y el proyecto constitucional de la Junta de Gobierno”, con esta Junta Nacional formada por López Rayón, se delineaban dos formas de construir el gobierno independiente: 1.- Una Monarquía sin rey, apuntando más a una República, conforme a la línea de Hidalgo. Y 2.- Una monarquía con rey, pero limitada por leyes de carácter nacional. Para López Rayón, era mejor tener una monarquía limitada por leyes nacionales. Esto se deduce porque la Junta de Zitácuaro le daba reconocimiento a Fernando VII como el rey de la América mexicana, siempre y cuando fuera la nación americana, no la española, quien ejerciera el gobierno del reino. El sistema político nacional siempre ha sido motivo de debates, y más en aquellos tiempos en los que no había claridad en el mando, entre la población, ni en el territorio que conformaría la Nación mexicana, una figura que en aquel tiempo parecía utópica para la mayoría de sus habitantes, acostumbrados a ser gobernados por la corona española, ajena totalmente a la realidad nacional.