14/Jul/2020
Editoriales

2020, el año del confinamiento

Todavía recuerdo, como si fuera ayer, los últimos minutos del año viejo. Y aun no se me olvida que cuando el 2019 estaba a punto de terminar, lo único que me importaba era que finalizara ya. Tenía mis razones.

Aquella noche del 31 de diciembre, sin duda, debía ser especial. Había –como ya es costumbre año con año- doce uvas en la mesa esperando ser comidas para pedir al cielo buena suerte y prosperidad, así como uno que otro caprichito. Todo esto, por supuesto, al sonar las campanadas de la medianoche. 

Así viví la transición de los tiempos y las décadas, despidiendo al año que ya se iba, confiando ciegamente en que el 2020 traería consigo incontables alegrías.

Y llegó enero, después, pasó febrero. Hasta ahí, todo iba bien. Enero no trajo  grandes emociones, sin embargo, febrero me regaló un viaje inesperado que resultó –al final de cuentas- muy placentero. En pocas palabras, es lo que apresuradamente puedo resumir de los primeros meses de este año. Nada muy importante durante el primer mes, mientras que en el segundo, la vida me obsequió la oportunidad de salir de mi “encierro”. Antes, solíamos llamar así a un periodo sin viajes, hoy, esa palabra tiene un significado más profundo.

A mí me encanta viajar, pero, por cuestiones que no vienen al caso, dos días antes de realizar aquel viaje, resulta que ya no quería ir a ninguna parte. Deseaba quedarme en casa. Estaba indecisa y hasta cierto punto temerosa, ¿de qué? Ya ni se. Lo cierto es que no sabía qué hacer. Entonces, esperando recibir un sabio consejo, le dije a un queridísimo amigo: ¿Como ves? ¿Voy a Tijuana o me quedo en Chihuahua?

Inmediatamente y sin vacilar, él me contesto: Pues mira, en lo personal opino que… ¡te arriesgues! Este viaje tómalo como una inversión en ti, en conocerte más; porque, esta experiencia te va a servir para que realmente te conozcas un poco más y también para que veas lo que eres capaz de hacer. Al final de cuentas ¡arriésgate! porque la vida es solamente una y hay que vivirla. ¡Vete!, date unos días, aprende, crece, se feliz durante este tiempo que estarás fuera de casa, y cuando regreses, verás que vendrás con una mentalidad diferente. Después, vas a poder contarle al mundo que un día fuiste valiente, que venciste tus temores y te arriesgaste a vivir una nueva experiencia. Y si valió la pena, ya me lo contaras a tu regreso. Amiga, escúchame, yo en tu lugar ¡si me iba!

En efecto, la vida es solo una y se debe disfrutar con lo bueno y malo que nos traiga, porque a este mundo vinimos a experimentar, a ser felices, también a aprender, a evolucionar, a querer mucho a quienes nos acompañan en este viaje que comienza al nacer, y a tantas otras cosas que nada tienen que ver con lo que comúnmente hemos estado haciendo.

Reflexionando en todo lo anterior, por supuesto, seguí el consejo y me fui. Hoy, no me arrepiento de haberlo hecho. Tal vez si alguien me hubiera dicho lo que vendría, no hubiera dudado ni un instante en subirme a ese avión y volar –sin ningún temor- hacia lo desconocido. 

Al llegar el mes de marzo, recuerdo que tenía muchos planes. Estaba convencida de que el año sería estupendo. Cabalísticamente se profetizaba como un año de equilibrio y armonía, también de mucho orden y estabilidad debido a que es un año marcado por el número cuatro, el cual obtenemos como resultado de la suma de todos sus dígitos: 2+0+2+0 = 4.

¿Qué pasó entonces? Nadie sabe a ciencia cierta pero a causa de algo que amenaza nuestra existencia, inevitablemente la vida cambió y lo hizo de forma radical.

¡Quédate en casa! Cierra la puerta, no salgas. Esa fue la consigna a nivel mundial. A partir de ese momento, muchas empresas cerraron, las calles comenzaron a lucir desoladas y el silencio se hizo presente por doquier, convirtiéndose en la voz de la ausencia humana.

Ya han pasado dos meses desde que aquello comenzó y muchas puertas siguen cerradas. Dicen que cuando todo esto termine, abriremos la puerta a una “nueva normalidad”. Diferente, por supuesto, muy distinta a la realidad de antes. ¿Será?

Siguiendo con mis recuerdos, añoranzas de días pasados que siguen presentes en mí memoria, el 23 de abril recibí un bello mensaje por WhatsApp. Es una linda poesía que nos transmite fe y esperanza. ¿Quién la escribió?, nadie sabe, se firma anónima. La recibí como regalo de una querida amiga e inmediatamente después de haberla leído la envié hasta Argentina y mi amigo, el poeta y periodista Leandro Murciego me preguntó si era mía. No, desde luego que no, aunque me hubiera encantado poder escribir algo tan bello como eso. Sin embargo, deseo compartirla con ustedes precisamente por el mensaje que comunica. Es preciso creer que así será nuestro futuro.

“Dicen que cuando volvamos a abrir la puerta, el aire estará más limpio, el agua más cristalina y los bosques más espesos.

Dicen que cuando volvamos a abrir la puerta, los picaflores nos cantarán al oído mil secretos de amor, que los pingüinos harán la más bella danza, y que los delfines nos darán la bienvenida.

Dicen que cuando volvamos a abrir la puerta, seremos libres de pensamientos antiguos, libres del miedo al qué dirán los otros y que seremos libres del apego material.

Dicen que cuando volvamos a abrir la puerta, la tierra estará llena de flores de los más hermosos colores, que las mariposas volarán más alto y que los olores serán más dulces que la miel de abejas.

Dicen que cuando volvamos a abrir la puerta, apagaremos la televisión para siempre y miraremos las estrellas todas las noches, estrellas que nos contarán la verdad, esa verdad sin pasado, ni futuro.

Dicen que cuando volvamos a abrir la puerta, nos miraremos sin vergüenza a los ojos, y que nos tomaremos de las manos y que seremos una sola tribu, tribu de los seres humanos, porque haremos menos y seremos más.

Dicen que cuando volvamos a abrir la puerta, iremos a correr por los cerros y subiremos montañas muy altas, que reiremos a carcajadas y jugaremos y bailaremos como niños, y que así la vida será un goce constante.

Dicen que cuando volvamos a abrir la puerta, reconoceremos el paraíso y el cielo en la tierra, que caminaremos descalzos sin prisa y sin equipaje. Que no buscaremos propósitos para vivir, sino que simplemente viviremos en gratitud, con amor, por amor y para el amor”.

Quiero pensar que así será esa “nueva normalidad” que hoy nos prometen. Deseo ver como abriremos esas puertas que han estado cerradas por largo tiempo para salir con una nueva mentalidad, dispuestos a disfrutar la vida y vivirla realmente a plenitud.

Tiempo atrás, la vida se encargó de enseñarme a caminar descalza, sin prisa y sin un equipaje pesado. Este periodo ha sido de aprendizaje también. Mi vida cambió, hice cosas distintas y me encargué de disfrutarlas al máximo. He sido feliz desde el primero de enero hasta el día de hoy. Ese viaje a Tijuana me ayudó a conocerme un poco más y este periodo de transición entre el ayer y el nuevo mañana, me ha servido para seguirme conociendo todavía más.

Quiero finalizar este mensaje, diciéndote a ti que me lees, que no pierdas la fe, que valores tu presente porque la vida puede cambiar radicalmente en un segundo.  Y deseo de todo corazón que cuando vuelvas a abrir la puerta, la atravieses sin temores para comenzar a vivir tu vida como siempre lo has deseado. Espero también, que ese maravilloso día, por fin te atrevas a vivir cada segundo del resto de tu viaje, tratando de ser feliz y haciendo felices a quienes te rodean.

Dedicado a Freddie Alva, el amigo de los buenos consejos y a Guillermo Ávila Tagle, el amigo incondicional que hizo posible la salida de “mi encierro”.