17/02/2019
Editoriales

¿Qué crees que pasó?

Enero 23 de 1848: provisto de su pasaporte, Antonio López de Santa Anna elude en Tehuacán, Puebla, a una brigada norteamericana que pretende capturarlo. Intentó refugiarse en Oaxaca, pero el gobernador Benito Juárez le negó protección por considerarlo peligroso para la estabilidad del gobierno local. Acababa de estallar la fiebre del oro en California (y con ella el júbilo de los estadounidenses), y con la guerra perdida, estaba a punto de firmarse el indigno Tratado de Guadalupe Hidalgo (Febrero 2 de 1848), por el que México entregó formalmente los territorios nórdicos que físicamente ya tenían en su poder los norteamericanos.

Nuestro país se retuerce de dolor por varias causas, además de la invaluable pérdida territorial, pues miles de mexicanos habían muerto en la guerra de invasión norteamericana y la dignidad nacional estaba pisoteada. El reciente 8 de enero, Manuel Peña y Peña, presidente de la Suprema Corte de Justicia, hubo de asumir el Poder Ejecutivo. Pero en varias regiones había brotes de inconformidad por el resultado de la guerra y la capitulación mexicana, como en San Luis Potosí, que el 12 de enero se proclamara un plan que desconocía al gobierno instalado en Querétaro y convocaba a continuar la guerra, mismo que es aplacado rápidamente.

Nada hay que hacer a esas alturas, Estados Unidos había “comprado” más de la mitad del territorio mexicano y el 9 de abril, Santa Anna se embarcaría en Veracruz rumbo a Jamaica y luego a Colombia, pero regresaría en 1853 para seguir haciendo diabluras que después comentaremos.