21/11/2018
Editoriales

El negocio de las casas editoriales

No hay nada nuevo bajo el sol. Hoy día, las empresas editoriales son difíciles de convencer para que publiquen un libro de algún autor que no garantice una buena venta.

Hay casos en los que el propio autor tiene que publicar su trabajo con la esperanza de que se vendan ejemplares suficientes para rescatar su inversión, pues si le deja utilidades, de seguro que organiza una fiesta.

En la Roma Imperial el rollo de papiro era el que rifaba, a pesar de ser muy incómodo para el lector, pues como los textos estaban dispuestos en columnas se tenían que desenrollar con una mano mientras se enrollaba con la otra. Por eso y el costo del rollo de papiro vino a ponerse de moda desde el siglo IV los libros de pergamino de piel, fuera de res, cerdo u otros animales. 

La excepción eran los poemas y las cartas que las escribían los autores directamente, y el resto de los géneros literarios eran dictados a los copistas.

Estos copistas podían ser esclavos o libertos, pero siempre muy trabajadores con la pluma pues las copias se distribuían gratuitamente entre los amigos para recabar críticas.

Se acostumbraba que los autores organizaran lecturas públicas de sus manuscritos, pero pocos despertaban el interés de asistir a esas presentaciones. 

Sin embargo, había muchos escritores. Plinio cuenta que era raro el día en que no había una o dos presentaciones de textos. 

Los que sí asistían a las presentaciones eran los editores pues querían escuchar de viva voz los comentarios de los presentes, y de ello dependía que se embarcaran en la edición y comercialización del manuscrito de marras.

Si salía convencido de que la obra gustaba, se la llevaba a su taller donde los copistas (librarios) y los correctores (anagostas) hacían el trabajo. El procedimiento era que los librarios copiaban el dictado del editor, y los anagostas corregían las copias.

Los costos corrían por cuenta del editor, a menos que el autor pidiera una edición de lujo aportando su parte de la inversión, convirtiéndose en socios el autor y el editor.

Claro que desde entonces había ricos que contrataban a un escritor para que escribiera sus memorias, financiando desde luego, todo el proceso.

La taberna literaria, que era la librería, era un local comercial y al fondo del predio estaba el taller, pues se hacían libros especiales a pedido expreso del comprador.

¿Dónde he escuchado todo esto?...///