07/Aug/2020
Editoriales

Qué chabocha la chevecha…

La prohibición de vender cerveza en nuestro estado aumentó las incomodidades de la cuarentena establecida para frenar el avance de la pandemia. Un yerro más de quienes toman las decisiones en la materia, como lo fue no hacer pruebas para saber quién estaba contaminado, y como disminuir la frecuencia de paso del transporte público; fallas garrafales que nos arrastraron hasta esta condición de pánico enfermizo. Claro que la población tampoco ayuda mucho, pues sale con cada ridiculez, como cuando iniciaba el brote que asaltó sorpresiva y burlescamente los almacenes para comprar todos los rollos de papel sanitario que hubiera. Habrase visto. Pero en aras de economizar su tiempo me referiré solo al tema de la cerveza porque en tiempos de los calorones, en Monterrey la consideramos un artículo de “casi” primera necesidad, y a estos funcionarios se les ocurrió prohibir su venta. 

De origen indeterminado, sólo sabemos que los Sumerios en el año cuatro mil AdC ya bebían cerveza. La preparaban con cebada, agua y levaduras salvajes. Después los babilonios fabricaban cerveza de diferentes tipos, según el Código de Hamurabi. Era tan preciado producto que en Egipto se pagaba a los trabajadores de las pirámides con cerveza, -de cuatro o seis litros por día-. Al llegar a Europa, los galos y los germanos la fabricaban con cebada y avena, agregándole comino, lo que ahora es una curiosidad. El dios de la agricultura era Ceres y le llamaban a la bebida “cerevisa”; de ahí a “cerveza” fue un solo paso. En Nuevo León existe cerveza desde la década de los años 1870 que los alemanes Radke y Hesselbar la importaban y establecieron algunas cervecerías en la Ciudad. Pero hasta que en 1886 se fundó la Cervecería El León y en 1890 la Cervecería Cuauhtémoc, esta bebida se adoptó como símbolo regio y se volvió tan popular que un par de décadas después, en octubre de 1913, hasta fue decisiva en la llamada Batalla de Monterrey celebrada entre los ejércitos federal, dirigido por el gobernador Botello apoyado por Enrique Gorostieta; y el revolucionario constitucionalista, con Pablo González y Antonio I. Villarreal al frente. .

Había varias escaramuzas al mismo tiempo, y en un frente, los constitucionalistas que habían tomado la Estación del Golfo presionaban a sus superiores para que entraran a la Cervecería Cuahutémoc, pues la fama de su producto les provocaba. Además influía en su decaído ánimo bélico el hecho de que nunca llegó el refuerzo que Lucio Blanco les enviaría desde Matamoros y en cambio sí llegó Ricardo Peña con gente a caballo y a pie, para reforzar a los federales. Así que para compensar la desilusión de estar en desventaja, luego de un audaz callejeo llegaron y entraron a la Cervecería para dar cuenta de más de cien cajas de cerveza que, combinada con botellas de licores robadas, provocaron que los revolucionarios hicieran de ese “sagrado” hecho de armas, un festejo pleno de alegría y pronto pegaban tremendos alaridos norteños, cual reminiscencia de los gritos de guerra comanche. Ipso facto les regresó el entusiasmo, y con la chevecha chubida a la cabecha, salían a disparar balas contra los defensores de la Ciudad, quienes los utilizaron de blancos para sus tiros. En aquella encervezada ocasión, los revolucionarios carrancistas terminaron retirándose. Y ahora, cotejando lo histórico con el problema actual, si no se hubiera levantado la orden de prohibir la venta de cerveza, posiblemente se hubiera presentado algún acto de desesperación y no hubiera faltado un ocurrente que propusiera tomar por la fuerza las bodegas de los grandes almacenes donde tenían ocultos miles de seises del amargo líquido ambarino.