19/07/2018
Editoriales

Un mejor homenaje que las flores

El mundo actual se estremece convulso ante las contradicciones que le agobian: Corrupción, robos, drogas, secuestros, crímenes, asaltos, desempleos, economía angustiosa en muchos países. Si nos asomamos a los diarios y a los programas noticiosos esta es la panorámica universal y el perfil de la realidad que se vive en un mundo que grita ¡Basta! Porque parece estar llamado a sus propios funerales. Sin embargo, aún existe gente buena, gente noble que no es este un mundo sórdido que todo lo traduce a una compra venta de servicio, sino un mundo de seres humanos que tenemos derecho a progresar y hacer que los demás progresen.

Ante la proximidad del Día del Padre, este día hablaremos de tres padres y tres hijos, del cariño existente entre ellos, del ejemplo de los primeros y del reconocimiento de sus hijos.

El primer caso es el de Jorge Octavio Vázquez González. Nacido en Monterrey, Nuevo León, el 17 de diciembre de 1961. Es el cuarto de ocho hijos del matrimonio formado por el Dr. Ildefonso Vázquez Santos y doña Orfelinda González Elizondo. Desde niño, sus padres le inculcaron el valor de la lectura y lo que es el poder del conocimiento. "Mi padre era un médico militar íntegro y yo quería ser mejor que él. Debo reconocer que a pesar de lo hecho, todavía hoy en día no consigo estar a la altura del polvo de la suela de sus zapatos". Sus padres querían preparar a los hijos para el futuro y que cuando ellos murieran les llevaran flores a su tumba. El pequeño Jorge Octavio le dijo un día a su padre "Tu nunca te vas a morir".

Un día el padre falleció y el hijo pensó en un mejor homenaje que las flores para su padre. Las flores se marchitan al poco tiempo. Pensó en un homenaje más permanente, para que el nombre de su padre no fuera olvidado. Así fue como un día decidió crear la Fundación que lleva el nombre de su padre.

Esa Fundación que encabezan el empresario regiomontano Lic. Jorge Vázquez y su esposa Doña Leonor, ha adquirido ya las Bibliotecas de tres personajes: El periodista Fernando Benítez, el historiador Israel Cavazos Garza y el escritor Eraclio Zepeda. La primera de ellas ya ha sido abierta al público y en el transcurso del presente año se planea abrir las Bibliotecas de Israel Cavazos Garza y de Eraclio Zepeda.

El Lic. Vázquez explica así su proyecto: "Hemos creado una Fundación con el nombre de mi padre y con una convicción vital, creer que la cultura es determinante para rehacer el tejido social y es fundamental para crear un ambiente de paz y seguridad superando cualquier crisis social de la mejor manera: unidos a través de la cultura y el arte".

La Fundación lleva el nombre del Dr. Ildefonso Vázquez Santos, Biblio-Red A.C. Ya ha abierto al público un Centro Cultural en la zona metropolitana de Monterrey (Garza García), el cual incluye la Biblioteca del Maestro Fernando Benítez, uno de los periodistas más importantes en México, creador de la publicación "México en la Cultura". También está a punto de abrir la Casa del Cronista "Israel Cavazos Garza", por la calle de Morelos en el Barrio Antiguo de Monterrey.

Otro caso que deseo comentar hoy es el del Lic. Jorge A. Quintanilla Gómez Noriega, quien nos envió una atenta misiva para comentar un artículo que dedicamos a su señor Padre, el Lic. Pedro F. Quintanilla Coffín, quien fuera alcalde de la ciudad en el período 1980-1982. En estos días, en que está por celebrarse el Día del Padre, la carta del Lic. Quintanilla Gómez Noriega me ha hecho recordar a mi padre y a mis abuelos. Y, también, ha traído a nuestra memoria un hermoso texto del escritor regiomontano Alfonso Reyes, dedicado a su padre el general Bernardo Reyes.

La mejor herencia que un padre puede dejar a sus hijos es un nombre limpio, el ejemplo de su vida y los gratos recuerdos de su existencia. Refiriéndose a su padre, el Lic. Quintanilla Gómez Noriega nos dice: "Lo conocimos en sus momentos más alegres y más amargos de su vida, en sus días de mayor compañía a su alrededor y de mayor soledad en su corazón. Pero en lo que creo que todos coincidimos, es en haber conocido su personalidad sencilla, llana, amable y tal vez hasta humilde, misma que conservó invariablemente a lo largo de toda su vida y conforme a la cual condujo todos sus actos".

Hace algún tiempo, la ciudad de Monterrey rindió homenaje al Lic. Quintanilla Coffín. Un busto suyo, original del escultor Cuauhtémoc Zamudio, fue develado en la Colonia Vista Hermosa. Ahí tuvimos oportunidad de saludar a sus hijos, entre ellos a quien tuvo la atención de enviarnos la carta, en la cual nos dijo: "Papá era admirador de todo monumento, y los apreciaba en todas sus dimensiones; sin embargo, por encima de todo se regocijaba en recordar la vida de quien se representaba en los mismos: su trayectoria, sus logros, sus enseñanzas. ...conscientes de nuestra responsabilidad, que no es otra que la que papá nos transmitió siempre con respecto a nuestra comunidad, somos sabedores de que hoy se ha agregado a la historia de nuestra tierra como figura pública que fue; su grandeza o pequeñez, la misma historia lo dirá...

"Los conceptos que Usted vierte sobre las facetas que papá tuvo como jurista, político y escritor, refiriéndose a él como amante de la claridad, permanente buscador de la verdad, respetuoso de la libertad, resumen en forma por demás concisa y llana, la personalidad de papá al amparo de la imagen que de suyo le correspondió, y que por lo mismo, hoy perdura también en mi corazón... Usted, en su artículo, con distintos y más bellos conceptos, ha ratificado mi propio sentir".

Hasta aquí la carta en cuestión. Hemos querido mencionarla, por los hermosos pensamientos que contiene y que muestran el cariño de un hijo hacia su padre. Su lectura y la proximidad del Día del Padre, nos han hecho recordar también las hermosas palabras del regiomontano ilustre y mexicano universal Alfonso Reyes, dedicadas a su padre el general Bernardo Reyes, quien fuera uno de los mejores gobernantes que ha tenido Nuevo León.

Alfonso Reyes no cumplía aun los 24 años, cuando sufrió el golpe más fuerte de su vida. El 9 de febrero de 1913, su padre, el general Bernardo Reyes, pierde la vida frente al Palacio Nacional en el fragor de la Revolución, en circunstancias bastante conocidas. Ese aciago día habría de permanecer imborrable en su mente. En la "Oración del 9 de Febrero", don Alfonso nos brinda un retrato de su padre: "Era la suya una de esas naturalezas cuya vecindad lo penetra, lo invade y lo sacia todo. Junto a él no se deseaba más que estar a su lado. Lejos de él casi bastaba recordar para sentir el calor de su presencia... El me llevaba más de cuarenta años y se había formado en el romanticismo tardío de nuestra América. El era soldado y gobernante. Yo iba para literato."

El momento final de la vida del general Reyes es pintado por su hijo, mejor que por cualquier historiador: "Tronaron otra vez los cañones. Y resucitado el instinto de la soldadesca, la guardia misma rompió la prisión. ¿Qué haría el romántico? ¿Qué haría, oh, cielos, pase lo que pase y caiga quien caiga (¡y qué mexicano verdadero dejaría de entenderlo!) sino saltar sobre el caballo otra vez y ponerse al frente de la aventura, único sitio del poeta?

"Aquí morí yo --nos confiesa don Alfonso-- y volví a nacer, y el que quiera saber quién soy que lo pregunte a los hados de febrero. Todo lo que salga de mí, en bien o en mal, será imputable a ese amargo día. Cuando la ametralladora acabó de vaciar su entraña, entre el montón de hombres y de caballos a media plaza y frente a la puerta de Palacio, en una mañana de domingo, el mayor romántico mexicano había muerto".

En esta obra que Reyes guardaba en su archivo y que fue publicada después de su muerte, en una edición bien cuidada en la que se incluye además el manuscrito original, podemos ver al hijo que sangra, que se encuentra en un constante morir, pero que se transforma en adulto. La imagen de su padre, habría de permanecer para siempre en su mente.

A partir de la muerte de su padre, Reyes decide no participar en política. Se le ofrecen puestos públicos, pero no los acepta. Viaja al extranjero. Representa a México en Francia y en España, y más tarde en América del Sur. Finalmente regresa a México, en donde cierra sus ojos por última vez a las siete de la mañana del domingo 27 de diciembre de 1959.

Al igual que el general Don Ildefonso Vázquez, Don Bernardo Reyes y el Lic. Quintanilla Coffín, Don n Alfonso dejó a su hijo la mejor herencia que un padre puede legar: un nombre limpio, el ejemplo de su vida y los gratos recuerdos de su existencia. Todos ellos han recibido un mejor homenaje que las flores ante su tumba. Sus nombres figuran en Fundaciones, monumentos, avenidas y escuelas.