24/Sep/2020
Editoriales

El mariachi en Monterrey

La música norteña es lo nuestro. Pero a todos se nos enchina la piel cuando escuchamos -y más estando fuera del país- a un mariachi interpretando El Son de la Negra. Su hipnótica letra que dice “Negrita de mis pesares, ojos de papel volando, a todos diles que sí, pero no les digas cuando, así me dijiste a mí, ...”, se nos desliza automáticamente entre los labios con sus inconfundibles notas musicales, que inyectan alegría y nacionalismo.   

Porque la música es cultura e identidad de los pueblos y la del mariachi es, tal vez, la más representativa de nuestro México ante el mundo, aunque apenas vaya a cumplir un siglo de haber llegado a nuestra Ciudad, igual nos produce a los nuevoleoneses el mismo efecto.  

Durante la Era prehispánica la música de los naturales de esta región era muy primitiva. Algunos cronistas como Alonso de León dicen que las festividades indígenas o “mitotes” apenas se amenizaban con sonidos de flautas de carrizo y la percusión de objetos. 

Pero al llegar los frailes franciscanos trajeron instrumentos musicales como guitarras, vihuelas, tercerolas y algún otro tipo de instrumentos de cuerda. Ellos venían a evangelizar, y para ello utilizaban de todo, hasta la música. Así aprendieron este hermoso arte los indígenas y los propios españoles. 

Como los instrumentos musicales eran escasos y valiosos, pues venían del centro del virreinato, obbligó a iniciar un proceso orgánico de formación de lauderos o lautieros, con ebanistas locales que se atrevían a replicar los instrumentos, o simplemente a repararlos. 

Con el tiempo se iban integrando algunos tríos donde un músico tocaba guitarra, otro las armonías y otro más cantaba, hasta que aprendieron a turnarse la voz. Los instrumentos usados, hasta la mitad del siglo XIX, eran la guitarra, el bajo sexto -una guitarra de tono grave-, la vihuela y la tercerola -otra guitarra pero más pequeña-. 

Luego llegaron del norte -la Luisiana Francesa y las colonias británicas- instrumentos de viento, como las trompetas. Sin embargo, había un señalado retraso frente a otras regiones del país. Por ejemplo, en 1840 Santa Anna ya había formado orquestas formales en la Ciudad de México, mientras aquí la música seguía siendo muy rudimentaria. 

Hasta que nos invadieron los franceses, de 1862 a 1867, llegó la revolución musical. En cada región fue diferente: en occidente se formaron los mariachis, término que viene del francés “mariage” que significa matrimonio, tal vez por usarse en las bodas, y a nuestra tierra llegó el acordeon para quedarse. Desde luego que cada género musical evolucionó por separado. 

Con el movimiento revolucionario de la segunda década del siglo XX vino mucha gente de fuera. Algunos soldados de leva y otros migrantes que llegaron, venían buscando tierras pacificas; y entre ellos estaban los primeros mariachis que se instalaron en nuestra Ciudad. 

Llegaron como intérpretes de música vernácula más para cantinas y piqueras que para la sociedad. Para ese tiempo en la ciudad ya había orquestas y bandas de cámara de viento y de cuerdas frotadas para los eventos de la alta sociedad. 

La primera noticia que tenemos en los archivos de Monterrey de un grupo de Mariachis, es en 1939, cuando el alcalde Manuel Flores -músico de oficio- dio carta de recomendación a “los Señores Antonio Montes y nueve personas que forman parte de un grupo de Mariachis”. Las recomendaciones eran una especie de carta de buena conducta dando a entender que el mariachi tenía permiso para trabajar en las calles a altas horas de la noche. 

Como la Segunda Guerra Mundial convirtió a la Ciudad en un emporio industrial y centro de migrantes a Estados Unidos, aumentó mucho la población foránea que vino a enriquecer nuestra cultura musical. Así, los mariachis se multiplicaron en la década de los años cincuenta y se reunían afuera de la cantina “El Conejo” que se ubicaba cerca de la actual avenida Colón y Cuauhtémoc, cerca de la Estación de Ferrocarril la Nacional, en el barrio que lleva ese nombre. 

Se poularizó tanto su música que los mariachis dejaron de ser sólo para tapatíos nostálgicos y entraron en el gusto de los regiomontanos, pues además aprendieron a interpretar canciones regionales.  

Para los años setenta los mariachis se cambiaron a la cantina “El Imperio” en Colón y Pino Suarez, y aunque su vestimenta mantuvo el estilo jalisco, se perdió el arpa que acompaña a los mariachis en otras partes del país. Hay un arpa jarocha, sin pedal, no el arpa orquestal con pedales. En los años ochenta se les ubicó en la Plaza Guadalajara, de Constitución y Zarco, para que los clientes no tuvieran que meterse en barrios “duros”,  pero no funcionó y volvieron a sus sitios tradicionales.

La música del mariachi permeó a todas las clases sociales y ahora nos gusta a todos para amenizar serenatas, bodas, cumpleaños, o con cualquier pretexto se contrata a un grupo de mariachis. Quien quiera un mariachi puedeir al cruce de Cuauhtémoc e Hidalgo, o a un lado de la Estación del Metro Cuauhtémoc. 

Es común escuchar sones jarochos, rancheras, canciones románticas, norteñas, cumbias e incluso música sacra en las bodas. El Ave María de Shubert tocada por un mariachi es toda una bella experiencia.