24/Sep/2022
Editoriales

La buena memoria y el criterio

Hay quienes tienen una memoria estupenda, no olvidan los nombres, rostros ni los detalles importantes de todos los que les rodean.

También existen personas que tienen un criterio envidiable que, generalmente, les lleva a tomar las mejores decisiones.

Excepcionales son  quienes tienen ambas virtudes, pero quienes adolecen de mala memoria y su criterio es perplejo, no necesariamente son torpes, sino más bien son comunes.

Porque a la gran mayoría, conforme vamos acumulando años de vida, se nos dificulta cada vez más recordar estos y otros datos que conocemos; al menos hay lentitud en las respuestas a cuestionamientos que antaño eran inmediatas.

Y el criterio se va influyendo con las experiencias de vida que no siempre son representativas de la verdad.

Nuestro cerebro siempre está acumulando datos, y con el paso del tiempo crece en forma geométrica la información que guarda en la memoria. 

Así que nuestra computadora personal, la que cargamos en medio de los hombros y encima del cuello, se va saturando de información por lo que sus respuestas se vuelven lentas.

Este problema no es nuevo, ni anormal, es sólo un asunto de concentración. En la Roma antigua era frecuente que los hombres influyentes trajeran cerca de ellos a un “nomenclator”, esclavo que tenía la delicada encomienda de recordarle a su amo los nombres de las personas con las que se encontraba.

Pero a ellos también les llegaba el avance del tiempo y batallaban para recordar. Séneca hablaba de los nomenclatores seniles que inventaban el nombre de las personas que su amo saludaba.

En cambio, hay cerebros excepcionales que nunca olvidan determinados datos. Por ejemplo, Ciro, rey de Persia, que recordaba los nombres y los rostros de cada soldado que había luchado en su favor. 

Otro ejemplo es Cineas, embajador del rey Pirro, que se memorizó los nombres de todos los senadores al día siguiente de su arribo a Roma. (Plinio, Historia natural 7.88). Otro caso fenomenal de memoria privilegiada es Adriano, quien corregía a sus nomenclátores, pues recordaba el nombre de una persona, aunque lo hubiera visto una sola vez en alguna multitud.

Hay, sin embargo, personas que en vez de la memoria utilizan su criterio, decidiendo en cada ocasión si el problema que se le presenta puede resolverlo de tal o cual forma, y su criterio es muy certero.

Yo conocí al ingeniero Ernesto Marroquín Toba, quien no forzaba su memoria pero siempre decidía la mejor alternativa y no era por su experiencia sino por su criterio natural.

Todos nos quejamos de nuestra memoria, pero nadie lo hacemos de nuestro criterio, porque la memoria es un asunto de concentración, mientras el criterio abarca inteligencia y juicio.