29/Nov/2025
Editoriales

Los Tiempos en el Tiempo 29 11 25

Semana de nuestros grandes Muralistas (primera de dos partes)

En esta semana coinciden dos fechas que distinguen a dos de los tres más grandes muralistas mexicanos de amplio reconocimiento internacional, me refiero a José Clemente Orozco y a Diego Rivera, por ello, dedicaremos este espacio a cada uno de ellos, correspondiéndole a Orozco la primera parte. 

Nace en Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, en el estado de Jalisco, un 23 de noviembre de 1883, en el seno de una familia que en el mejor de los casos la clasificaríamos como modesta, su padre Ildefonso era zapatero y ocasionalmente agricultor, hombre sencillo y sensible que disfrutaba la música y la lectura, su madre Maria Rosa, fue todo lo contrario, de carácter fuerte, con una disciplina exagerada que aplicaba en la educación y el cumplimiento de los mandamientos religiosos a los hijos, el haber sido tan estricta y severa marco su vida y lo alejo de los dogmas, de hecho, esa dualidad se manifiesta en su obra, por el lado paterno la humanidad y ternura hacia los desprotegidos y por el materno la crítica acida y fuerte; sus primeros once años son en el pueblo natal acompañado de sus hermanos en medio de un ambiente rural y sumamente religioso, fue un niño retraído y observador, dibujando los zapatos del padre y las procesiones religiosas a las que asistía obligado por la madre, no tenía colores, pero daba contrastes a sus dibujos con tierra y carbón, los siguientes siete años que definen su pubertad y primera juventud, los vive con su familia en Guadalajara, donde aprecia de manera directa y consciente la desigualdad social que observa en residencias y lujos, respecto a la pobreza y miseria, esa conciencia social la llevaría en su tiempo a los murales, y es precisamente en esa ciudad, cuando a los 14 años vive la tragedia más grande de su vida, jugando con pólvora pierde su mano izquierda y sufre quemaduras en sus ojos, afectando su visión de manera permanente y obligándolo a usar para toda su vida lentes de muy alta graduación, el paso siguiente y definitivo, es la llegada de la familia a la capital a sus 17 años, donde vivirá hasta su muerte un 7 de septiembre de 1949.

Su vida en la capital inicia inscribiéndose en la escuela de Agricultura donde solo permanece dos años, su familia quería que tuviera una profesión práctica, y es en su recorrido de la escuela a su casa, que pasaba por la imprenta de Guadalupe Posada creador de la inmortal calavera “la catrina”, le impresiona verlo trabajar desarrollando su arte popular, al grado de abandonar sus estudios e inscribirse en la famosa Academia de San Carlos, donde de manera intermitente por su escasez económica asiste durante 11 años, ayudándose como caricaturista en algunos periódicos, con trabajos de una crítica política y social tan fuerte, que cuando lo reprimían decía “la tinta se inventó para decir la verdad”, en esos años difíciles con apenas lo necesario para vivir, trabajaba  un hombre muy reservado, de pocas palabras, cuya ironía lo hacía reírse de sí mismo.

Antes de abordar sus éxitos como muralista, es imposible dejar de resaltar las condiciones totalmente adversas a las que se enfrentó, ya no digamos las sociales y económicas, sus discapacidades físicas que hubieren parecido limitaciones fundamentales para lograr la creatividad que desde niño manifestó, solo su carácter evitó truncar su vocación, José Clemente Orozco fue más que un pintor de murales, fue un hombre que venció sus limitaciones físicas y personales, tras el accidente, Orozco aprendió a trabajar solo con la mano derecha, él mismo decía, “con una mano me sobra, la otra solo estorbaría”, y que decir de la miopía severa y cataratas que lo obligaron a usar graduaciones muy altas, el resultado fue que esas condiciones definieron su arte, una sola mano trazaba y su vista limitada generaba perspectivas abiertas, sus obras impactan en el todo y no en los detalles y minuciosidades. 

Su etapa profesional importante que le da estatura nacional, se da al término de la revolución mexicana en 1922, cuando Vasconcelos entonces secretario de educación y político muy destacado, le pide junto con Rivera y Siqueiros realicen los murales en la Escuela Nacional Preparatoria, antiguo colegio de San Ildefonso, ese trabajo es una crítica severa a la hipocresía social y religiosa, además de contener imágenes fuertes, esto lo sitúa dentro de los mejores, sin embargo, apenas un año después de terminados, sus murales son destruidos por grupos de conservadores en 1924; tras ese acontecimiento sale a Estados unidos en 1927 donde logra su consolidación y reconocimiento internacional en los 30s, siendo sus tres principales murales los realizados: en el Pomona College, en California, “Prometeo”, considerado el primer mural moderno en ese país, abriendo el camino a otros muralistas; en el New School for Social Research, en New York, “la opresión y la libertad del hombre”, murales polémicos por mostrar la injusticia social, pero afortunadamente la institución de carácter progresista los preservo, y por último, el más emblemático en el Dartmouth College Hanover, en New Hampshire, “la épica de la civilización americana”, criticado inicialmente por grupos de conservadores y hoy considerado una joya artística del campus, estos murales son considerados actualmente patrimonio cultural Norteamericano. Orozco en su ironía decía que no estaba de mal humor, sino que “el buen humor se lo guardaba para sus murales”.

Regresa a México a mediados de los 30s con un prestigio internacional ganado a cabalidad, pero faltaría su obra magna, la que lo situó en la cumbre del muralismo universal, su mural “el hombre de fuego” realizado a fines de esa década en el Hospicio Cabañas en Guadalajara, en una cúpula semiesférica de 11 metros de diámetro a 27 metros de altura sobre el suelo, integrando su mural en un total de 1,250 m2, que incluyen 14 tableros, 8 pequeñas bóvedas y la gran cúpula, la técnica es conocida como “fresco”, que consistió en pintar sobre yeso húmedo, lo que obligó a que lo hiciera con rapidez y precisión, no obstante el vértigo por la altura, las superficies curvas, hacerlo con una sola mano y sin ayudas, y con una visión limitada que le daban sus ojos deteriorados; de verdad una proeza que transformó limitaciones en arte, presentando en una composición circular a un hombre ardiendo rodeado de escenas de opresión y lucha, siendo comparada con los grandes frescos del renacimiento, sus bocetos, su visión geométrica, le dieron una composición circular impactante. Forma parte del patrimonio de la humanidad, se le considera la capilla sixtina de las Américas, es uno de los tres murales más importantes a nivel mundial del siglo XX, y sin duda, es la máxima expresión del muralismo mexicano; en su proceso que duro 18 meses, se tienen algunas anécdotas que describen al hombre disciplinado, de carácter reservado, de pocas palabras, sarcástico e irónico consigo mismo y directo en sus comentarios, solo algunas de ellas: al ver el miedo de los ayudantes en los andamios, les decía, '”no tengan miedo, si se caen no van al suelo, van directo al infierno”; pasaba noches enteras durmiendo sobre los andamios de madera, se convirtieron en su taller y hogar por meses; iniciaba su trabajo antes del amanecer, “necesito esa calma y esa luz tenue”; se quitaba los anteojos de alta graduación para ver el conjunto, no importaba que fuere borroso, luego se los ponía y detallaba su pintura, “así veo lo que nadie ve, el todo y la nada”; fumador empedernido dejaba que se consumiera el cigarro en sus labios, su única mano era para el pincel y las brochas; mientras pintaba murmuraba, “el fuego lo consume todo, pero también lo renueva”.

Orozco, a diferencia de Rivera y Siqueiros, no buscó protagonismos ni militancias políticas o dogmáticas, su lucha la expuso en sus murales, mostrando la tragedia y la esperanza del hombre, sus trabajos nunca fueron decorativos y mucho menos de complacencias, denunciaban y mostraban realidades que incomodaban, en sus últimos días aún enfermo su mano seguía dibujando, su mesa siempre estaba llena de trazos y bosquejos, muere un 7 de septiembre de 1949, su funeral como él fue sencillo y discreto, sin homenajes ni discursos, lo velaron en su casa y llevado al panteón de Dolores; años después vinieron los homenajes póstumos, cuando su obra y legado lo eternizaron.

Un hombre con una sola mano, con unos ojos que borraban y ensombrecían el entorno, con la pobreza que lo limitó gran parte de su vida y el silencio como compañía, entregó a la humanidad murales eternos y universales que arden como su “hombre de fuego”.

 

José Antonio Córdova Ornelas

29 de noviembre 2025