24/Sep/2022
Editoriales

¿Qué crees que pasó?

 

Agosto 9 de 1847: se escucha una alarma en la Ciudad de México, cuando las tropas invasoras norteamericanas estaban a punto de penetrar a la Capital mexicana. El escalofriante aviso consistió en un fuerte cañonazo que se escuchó seguido de un silencio sepulcral que denotaba temor en algunos y coraje en la mayoría de los capitalinos. De inmediato los hombres entre 16 y 50 años de edad, que deseaban combatir se presentaron voluntariamente en los cuarteles del ejército nacional para ofrecerse a defender la Ciudad. Quienes no se sentían capaces de luchar, se organizaban en comités de defensa, uno por cada barrio, preparando ollas grandes para echarles agua hirviendo desde las azoteas a los soldados invasores, sobre todo en las calles que conducen al zócalo de México, pues todos sabían que irían por ese rumbo.

Casi todos los extranjeros que se encontraban en la Ciudad se incorporaron a las compañías del Batallón de San Patricio, formado inicialmente por irlandeses católicos que habían desertado del ejército norteamericano pero que ahora ya aceptaba de cualquier nacionalidad con tal de que la persona empuñara un arma. Ese día los invasores estaban a sólo 20 kilómetros de la Capital y para el día 11 se dio la primera batalla a 14 kilómetros de distancia, misma que se perdió, cayendo como balde de agua helada al entusiasmo de la población que se había envalentonado porque miles de capitalinos se habían reunido frente al Palacio Nacional gritándole “mueras” a los “gringos” como se referían a los soldados invasores. El 19 de agosto, en Padierna, unos 5 mil soldados mexicanos al mando del general Valencia fueron humillados por los invasores a pesar de que se presentaron algunos actos de heroicidad que después se calificaron como “Los héroes de Padierna” a los soldados anónimos que dieron su vida en forma casi suicida, pues la diferencia entrambos ejércitos era evidente. La Ciudad de México estaba a las órdenes de Antonio López de Santa Anna, quien dio el mando a Juan Álvarez, Bravo, Lombardini, Salas, y Valencia; la jefatura de la artillería de la dio al español Martín Carrera; y la fortificación a Manuel Robles, Ignacio Mora y a Juan Cano. José María Tornel y el general Herrera fueron los dos brazos de Santa Anna, pero ya para el día 14 de septiembre fueron los pobladores de la Ciudad de México quienes tomaron por sí mismos la defensa, aunque para entonces la historia estaba prácticamente escrita…