24/Sep/2022
Editoriales

Arte y Figura 22 09 22

Continuamos con Libro “Antonio Bienvenida, El Arte del Toreo”, por José Luis Rodríguez Peral

  Alberto Balderas

 

Hijo de un violinista que actuaba en la banda de música de Circo Orrin, desde niño jugaba al toro en un pequeño jardín que aún existe, situado por el rumbo de lo que entonces se denominaba Calle Ancha, actualmente Luis Moya.

 Su hermano Pancho participaba con él en estos juegos, y los dos soñaban con llegar a ser adultos para llevar la vida emocionante y heroica de los ruedos: Alberto de matador y Pancho, siempre a su lado, de banderillero de confianza.

 Alberto debuta como novillero en la placita Merced Gómez Mixcoac, propiedad del amo Don Prospero Montes de Oca, y actúa en un festival en El Toreo, sin suerte. Es entonces que Samuel Solís, maestro taurino de reconocida competencia, egresado, como Gaona, de la academia de “Ojitos”, se encarga de aleccionarlo y de introducirlo con paso más firme en el mundo mágico de la tauromaquia.

 El maestro tenía otro discípulo, José Muñoz, y con los dos forma una sensacional pareja que llena la plaza de El Toreo durante las temporadas novilleriles de 1927 a 29. El mejor elogio que se hacía en aquel tiempo del Chato Balderas, era que en su toreo y su forma de banderillear recordaba a Gaona. La pareja triunfadora se traslada a España, y después de dos temporadas, Manolo Bienvenida le da la alternativa a Balderas en el pueblo andaluz de Morón de la Frontera, mientras el Negro Muñoz, deslumbrado por el mundo intelectual de Madrid y Paris, cede posiciones en los ruedos.

 Corre el año 1930, y Balderas inicia una carrera de matador de toros llena de coraje, cornadas y rivalidades inevitables para alcanzar la cumbre.

 De un torero fino pero más bien discreto, se convierte en un luchador feroz que no se deja ganar la pelea por nadie. Su personalidad, teñida ahora por un valor indomable, arrebata a la ahora afición, que lo consagra como El Torero de México. Es una figura indiscutible durante los años treinta, y al final de la década demuestra también un sitio y una maestría reservada a muy pocos toreros.

 Cuando le concede la alternativa a Andrés Blando en el primer toro e una corrida de Piedras Negras, y le corta la oreja al segundo, de nombre “Rayao”, la afición lo aclama con entusiasmo, mientras la banda de música dirigida por el maestro Genaro Nuñez, estrena el pasodoble titulado: “Ese es Balderas”. Sale el tercero, de nombre “Cobijero”, destinado a “Carnicerito de México”.

 Al ídolo popular le zurcen la taleguilla desgarrada por “Rayao” durante una voltereta sin consecuencias, por lo que no participa en el primero ni en el segundo tercio de la lidia de “Cobijero”. Inexplicablemente, sale al ruedo cuando “Carnicerito” se dirige a brindar. El toro embiste de improvisto al torero que fijaba la mirada en el palco de la autoridad, y Balderas acude para dar un capotazo y cortarle el viaje. Es prendido y romaneado de mala manera. Se incorpora para buscar, vacilante, la puerta de enfermería, pero solo alcanza a caer en brazos de su hermano Pancho. Aquí termina la vida física del Torero de México, pero empieza su leyenda, la de quien después de pegar una monumental media verónica, seducía a la multitud con su actitud altiva.

 

Continuará… Olé y hasta la próxima.