03/Dec/2022
Editoriales

¿Qué crees que pasó?

Septiembre 24 de 1810: El obispo electo de Michoacán -Manuel Abad y Queipo- excomulga a Miguel Hidalgo. Ellos eran amigos pero tenía instrucciones de excomulgarlo, aunque su acto no era “legal” digamos, pues apenas era Obispo electo. Opinan los expertos que la excomunión de Hidalgo no era definitiva, y le dejaba abierta la puerta para el arrepentimiento; y si consideramos que el movimiento insurgente apenas empezaba, Abad buscaba que Hidalgo y sus “secuaces” Allende, Abasolo y Aldama, según el decir del obispo, disminuyeran sus ideas insurgentes.

Nunca lo sentenció a las llamas del infierno, dice el periodista y escritor J. Jesús García y García en su artículo “Se propaga malévolamente una falsa excomunión de Hidalgo” en El Observador. Corre la especie de que la excomunión fue emitida directamente por el papa Pío VII, pero no cuadran los tiempos de ese rumor, pues este Papa fue prisionero de Napoleón desde 1809 hasta 1814, y desde dentro de la cárcel es difícil, casi imposible, que se haya enterado de la guerra de Independencia de México, mucho menos probable es que le mandara un escrito al obispo de Michoacán. Cuando Hidalgo fue traicionado y prendido en Acatita de Baján, en Coahuila, se lo llevaron hasta Chihuahua en donde lo “enjuiciaron”, condenaron y fusilaron, pero le dieron la gracia de la comunión, algo totalmente incompatible. Lo cierto es que al Padre de la Patria, por motivo de acaudillar la insurgencia le sobraron enemigos, incluyendo a sus examigos, como fue el caso del obispo Abad y Queipo.