14/Nov/2019
Editoriales

Paradojas: Juegos infantiles

A los seis años de edad, o tal vez a los cinco, me divertía jugando a La Pericocha, al Burro-Bala, al futbolito, y a los soldaditos.

Quería ser beisbolista, pero no tenía guante de cuero; futbolista, pero no tenía tachones, boxeador, pero en todo el barrio nadie tenía guantes acolchonados.

En cada repaso por mis vocaciones frustradas recuerdo a La Pantera, hombre de respeto a los siete años de edad.

Todo lo sabía, y era bueno para los trompos; pocos le retaban en el barrio a un tirito.

En la Pericocha era el mejor; le pegaba durísimo con el trozo mayor del mango de escoba al menor, mandándolo seguido hasta las casas, metiéndonos en aprietos.

Para el Burro-Bala ni se diga; sus saltos cayendo encima de las espaldas de los demás, sonaban como golpes en sandía madura, pero nadie paliaba su dolor llorando, abiertamente.

En el futbolito, anotaba de portería a portería sin esfuerzo.

Como pocos aceptaban jugar con él, su juego favorito era con los soldaditos, cuyo anterior propietario era Raúl, el hijo del mecánico, a quien se los había ganado en una apuesta. 

Soldados de plomo gastaditos, de buen tamaño, aguantadores como ellos solos.

La Pantera se los llevaba a la boca, para sostenerlos con ella en plena batalla, y así guerreaba en tres frentes, las dos manos y la boca.

Y ahora dicen que el plomo en los juguetes infantiles es dañino, retiraron los de manufactura china porque traían pintura emplomada.

La Pantera vive feliz en Estados Unidos, arregló sus papeles de residencia cuando los daban con la pura promesa de irse a la guerra por ese País.

Ya tiene cinco nietos. 

Los soldaditos de plomo no le hicieron daño, y sí le ayudaron a entender la guerra, y a degustar el plomo.

La peor amenaza a un soldado, es que le llenen su cuerpo de plomo, pero si desde niño lo saboreaba, no le teme.

¿Qué pasa ahora? Cuando un chico no tiene Tablet o celular es infeliz. A los niños ya no los hacen como antes.