13/Apr/2024
Editoriales

Un picnic acompañado

Un amigo mío invitó a su novia a un picnic en el Río Ramos.

Era un día feriado, así que le zona más conocida del Río Ramos estaba saturada de vehículos y desde luego, de personas.

Estacionaron el Fiesta modelo 2013 que los transportó hasta el lugar elegido, y se fueron caminando una distancia aceptable desde donde estaba el grueso de los paseantes dominicales. 

Eligieron un lugar solitario que no estaba tan bonito como el otro, pero había agua corriente, así que se sentaron y estaban preparando su “mesa” que consistía en un simple mantel sobre el pasto, cuando se les acercó un perro.

_Uy, ese perro nos va a echar a perder la tardeada, dijo la novia. Anda oliendo el mantel, y si le damos un trozo de la comida que traemos en la hielera, nos va a echar a perder toda la diversión, pues va a querer más y más.

Mi amigo, que es un viejo lobo de mar –aunque allí era un río- dijo _mira, no pienses en él ni lo mires, sólo coloca las cuatro piedras en las esquinas para que el viento no levante el mantel.

Ella no muy convencida lo hace, y el perro recorrió las cuatro piedras, las olió y se fue muy pronto.

Asombrada, la chica le pregunta cómo sabía que eso iba a suceder.

Mi amigo dijo: _ese animal es muy listo, recorrió y olió el mantel y las cuatro piedras y como nada olía a comida, se fue pensando que “Estos no traen para comer más que piedras, no me conviene este lugar, buscaré otro donde haya comida”.

Cuento popular, versión libre mía.