24/Apr/2024
Editoriales

¿Qué crees que pasó?

Marzo 4 de 1929: sitia y ataca el general José Gonzalo Escobar a Monterrey, en lo que se considera como la última batalla de la Revolución Mexicana celebrada en esta Ciudad. El ataque se dio al mismo tiempo que se estaba fundando el Partido Nacional Revolucionario, a convocatoria del ex presidente Plutarco Elías Calles, y el presidente Emilio Portes Gil estaba estrenándose, pues había rendido su protesta el mes de diciembre anterior. Asimismo, ese día también estaba tomando posesión el presidente norteamericano Herbert Hoover, lo que significa que el golpe fue dado con mucha astucia.  

  Se trataba de un grupo de revolucionarios que firmaron el Plan de Hermosillo el día anterior, para levantarse en armas en protesta por la ‘corrupción de Calles y Portes Gil’, a quienes Escobar les había dicho que los apoyaba, pero estaba molesto porque Calles había cometido el mismo ‘delito’ que Carranza, al imponer a un civil como presidente de la República.    

  Gonzalo Escobar era un revolucionario muy popular entre la tropa, que se había destacado en la derrota de Pancho Villa en la batalla de Ciudad Juárez, así como en un par de insurrecciones más. Ese plan Hermosillo estaba suscrito por gente destacada, como el mismo gobernador de Sonora, Fausto Topete y Chuy Lizárraga, secretario general de gobierno de ese influyente estado norteño. Y no solo eran militares, pues había diputados federales, como Ricardo Topete que había estado en la comida donde asesinaron al presidente electo Álvaro Obregón, el licenciado Adolfo Ibarra, procurador de justicia por dos décadas, y otros enemigos de Calles.

  La Ciudad de Monterrey fue tomada fácilmente porque era defendida solo por 125 efectivos que comandaba el general Rodrigo Zuriaga, mientras los atacantes eran varios miles. Así que en unas horas la Ciudad ya estaba dominada y los rebeldes se dirigieron a los bancos locales, en especial a la sucursal del Banco de México, en donde le ordenaron al gerente que abriera la caja fuerte y una vez cumplida esa orden, rápidamente los asaltantes acarrearon costales llenos de monedas de oro que subieron a un camión. El asalto fue a plena luz del día con muchos testigos y curiosos. Sin embargo, la prisa era mucha porque sabían que de un momento a otro llegarían refuerzos de las ciudades cercanas, así que algunos costales se rompieron y no se detuvieron a recoger las monedas tiradas, a pesar de que se trataba del codiciado mineral áureo. Hay varias versiones respecto al monto robado, que va desde los 345 mil pesos hasta un millón, dependiendo de la fuente que se consulte.

 

  La suerte de esta rebelión fue relativamente buena, pues el 8 de marzo hubo otra batalla ahora en Ciudad Juárez, Chihuahua, con un grupo de rebeldes al mando del general Marcelino Murrieta, y cuando se veía inminente el triunfo de los rebeldes, el general norteamericano George van Horn Moseley, cruzó la frontera para hablar con el general Matías Ramos que estaba a cargo de la defensa, quien le solicitó que le permitiera cruzar para Estados Unidos, y se le concedió permiso salvando así la vida de unos 300 soldados. Las fuerzas escobaristas se enfrentaron al ejército nacional que era dirigido personalmente por Plutarco Elías Calles quien se alzó con la victoria en la batalla de Jiménez, y Escobar negoció entregar la ciudad de Nogales que ya había tomado a cambio de que no hubiera ejecuciones de sus soldados rebeldes. Escobar terminó asilado en Arizona, de donde después pasó a Canadá y en 1942 regresó para ponerse a las órdenes del presidente Lázaro Cárdenas quien había expulsado del país a Plutarco Elías Calles.