
La historia ha demostrado que las naciones que invierten en educación cosechan desarrollo, democracia y estabilidad. En cambio, aquellas que descuidan la calidad educativa siembran desigualdad, dependencia y fragilidad institucional. En los tiempos que vivimos, donde la desinformación prolifera y el pensamiento crítico se ve amenazado, la educación de calidad es más que un derecho, es una necesidad imperante.
En nuestro país hay dos poderosas organizaciones sindicales de maestros, el SNTE, sindicato oficialmente reconocido y predominante en el país, y la CNTE, que tiene fuerte presencia en Ciudad de México y estados del sureste.
Ambas organizaciones utilizan métodos de negociación diferentes, siendo la CNTE la más confrontativa al utilizar los bloqueos y plantones en cualquier época del año para conseguir canonjías del gobierno federal. Ambas organizaciones tienen la finalidad de proteger al magisterio, pero no les preocupa mejorar la calidad de la educación que se imparte, sino mejorar sueldos y prestaciones.
Sin educación de calidad nuestro futuro estará comprometido. El ejemplo de Corea del Sur y Singapur, dos de las naciones que en pocos años lograron un evidente progreso gracias a la educación es digno de estudiarse. Tienen una sociedad con menos desigualdad y con economías sólidas, además de hacer valer siempre el estado de derecho y evitar la impunidad.
Hoy, gracias al impacto de las redes sociales en los niños, adolescentes y jóvenes, estamos presenciando lo que podría llamarse un "apocalipsis de la inteligencia". Un mundo en el que las mentiras se convierten en verdad a base de repeticiones, en el que el conocimiento es desplazado por la opinión, y en el que la ignorancia se vuelve una herramienta de manipulación política. La educación, en su esencia, no solo debe proveer información técnica o memorística, sino formar ciudadanos con capacidad de análisis, discernimiento y razón. Sin estos elementos, la sociedad queda expuesta a los caprichos de los demagogos.
La ignorancia es el mejor combustible del populismo. Cuando una población no tiene acceso a una educación de calidad, es más susceptible a discursos simplistas que ofrecen soluciones fáciles a problemas complejos. El populismo, tanto de izquierda como de derecha, se alimenta de la desesperación y de la falta de herramientas críticas en la ciudadanía. En este contexto, los datos objetivos, los análisis profundos y el debate informado quedan relegados ante la emotividad y la polarización.
Aún más grave es que la ignorancia se convierta en el "caballo de Troya" de la democracia, al introduciese silenciosamente en la sociedad, debilitando sus bases hasta que, llegado el momento, permite la irrupción de regímenes autoritarios o incompetentes. Sin una población educada que exija transparencia, rendición de cuentas y un gobierno eficiente, las instituciones democráticas se erosionan poco a poco, hasta volverse inútiles cascarones vacíos.
Invertir en educación de calidad no solo es un compromiso moral, sino una estrategia de supervivencia para las democracias. Es imprescindible garantizar que las futuras generaciones tengan acceso a una formación integral, que fomente la reflexión y la responsabilidad ciudadana. La batalla por el conocimiento es, en esencia, la batalla por la libertad y el futuro de nuestras sociedades.