23/May/2024
Editoriales

Comprar un rancho grande sólo para cazar

Continuando con el expansionismo territorial que les insinuaba – ordenaba la doctrina de El Destino Manifiesto, Estados Unidos le compró a Rusia en el año de 1867 el territorio conocido ahora como Alaska en un precio total de 7,2 millones de dólares. En aquel momento Rusia estaba en problemas económicos importantes, y La Rusia Americana (Alaska) no significaba ningún ingreso, por el contrario, debía tener vigilancia militar para que Inglaterra -que ya tenía Canadá- no invadiera ese gélido territorio pues en ese supuesto, Rusia peligraría al ser frontera con un adversario. Estados Unidos estaba en deuda moral con Rusia porque cuando luchó en su guerra civil, había recibido ayuda rusa, mientras Gran Bretaña siempre estuvo con la esperanza de que el conflicto continuara y le permitiera recuperar sus antiguas colonias inglesas. Por su parte, el Tío Sam se había adjudicado ‘por sus pistolas’ dos décadas antes las tierras nórdicas mexicanas y negociado con Inglaterra esos ricos territorios para constituir Canadá, mediante el tratado denominado “Respecto a los Límites Occidentales de las Montañas Rocosas” que establece la frontera entre las secciones británica y estadounidense del “Territorio de Oregon”. 

El enviado por el emperador Alejandro II de Rusia, llamado Eduard de Stoeckl, negoció esa enorme propiedad de un millón y medio de kilómetros cuadrados, con el secretario de estado norteamericano William H. Seward y las negociaciones culminaron en la madrugada del 30 de marzo de 1867 llegando a la cantidad de 7,2 mdd por la operación de compra-venta.  Con esta compra, Estados Unidos se consolidó como la gran potencia de América, pues ya había ‘corrido’ a Francia con la compra de Luisiana; a España con la de Florida, a México con la invasión de 1846, y ahora a Rusia con la compra de su territorio que después bautizó como Alaska (antes era Aleuta). Aunque como es normal en un país democrático, en Estados Unidos hubo grandes críticas entre la clase política norteamericana y en los medios de comunicación. Decían algunos editorialistas (voceros de ciertos políticos) que los estadounidenses le habían comprado un Parque de Osos Polares a su presidente Andrew Johnson, para que pudiera ir de cacería como acostumbraba.