23/Jun/2024
Editoriales

Diversión versus emoción

Cuando era niño, una de mis diversiones preferidas -lo sigue siendo- era ir a una función de cine. Sobre todo, cuando se trataba de una sala totalmente techada pues la mayoría eran cine – terrazas, debido seguramente a la falta de recursos del empresario para construir un techo completo. 

Me daba cierta sensación de importancia cuando llegaba una vez que habían apagado las luces pues una persona me guiaba a algún asiento -entonces no estaban numerados- con una linterna pequeña. 

Mientras llegaba al espacio vacío para sentarme en la oscuridad, imaginaba que la sala estaba repleta de niños amigos míos que me estaban observando, así que me movía con el mayor sigilo posible. 

La función consistía generalmente en exhibición de un par de películas que lo hacían reír a uno, pues aquellos actores tenían verdadera gracia para cantar, bailar y decir simplezas. 

Pero llegaba la hora de la desilusión. Cuando prendían las luces en el intermedio (antes se acostumbraba un intermedio para ir comprar algo a la dulcería), y volteaba a buscar a mis amigos, nunca veía a ninguno, acaso distinguía a alguien en las filas de adelante, por lo que no me había visto que yo traía un guía particular, así que mejor lo esperaba a la salida para hacer comentarios de la película. 

Qué bonitos tiempos aquellos en que nos divertíamos con cualquier cosa. 

En cambio, ahora divertir a la niñez no es algo sencillo, pues más que reír, se buscan emociones, tanto en las películas como en los juegos infantiles que, casi todos, requieren de algún dispositivo electrónico.

Qué pena ver a nuestros nietos depender de sofisticados aparatos para reír.