23/Apr/2024
Editoriales

Mi Crónica Legislativa, VOCACIÓN Y TRAYECTORIA CONSTITUCIONAL

Nota del autor: En 2007, al cumplirse 150 años de la Constitución de 1857, la Sala de Historia de la Capilla Alfonsina (UANL) realizó una exposición bibliográfica y en ese marco se me invitó a impartir una charla sobre la conmemoración. Este es un extracto de lo expresado en aquel evento...

 

En 1854 cuando la república apenas cumplía treinta años y ya había vivido una etapa de cuartelazos, dictaduras, intervención extranjeras y gran inestabilidad política, desde Guerrero un antiguo insurgente, el general Juan Alvarez, se levantó en armas y proclamó el Plan de Ayutla, en el que exigía poner fin a la dictadura de Santa Anna y que se convocara un nuevo Congreso para que elaborara una nueva Constitución. 

  La revolución de Ayutla, se extendió rápidamente. El dictador salió de México y desapareció del escenario político. Con el triunfo del movimiento, llegó al poder una nueva generación de liberales, casi todos civiles. Entre ellos, Benito Juárez, Melchor Ocampo, Ignacio Ramírez, Miguel Lerdo de Tejada y Guillermo Prieto. Una junta nombró presidente interino al general Juan Alvarez y después a Ignacio Comonfort y convocó a un Congreso que trabajaría en la nueva constitución. El gobierno de Comonfort preparó algunas leyes que promovieron cambios importantes. La Ley Juárez (por Benito Juárez), de 1855, suprimía los privilegios del clero y del ejército, y declaraba a todos los ciudadanos iguales ante la ley. La Ley Lerdo (por Miguel Lerdo de Tejada), de 1856, obligaba a las corporaciones civiles y eclesiásticas a vender las casas y terrenos que no estuvieran ocupando a quienes los arrendaban, para que esos bienes produjeran mayores riquezas, en beneficio de más personas. La Ley Iglesias (por José María Iglesias), de 1857, regulaba el cobro de derechos parroquiales.

  El Congreso Constituyente inició sus funciones el 18 de febrero de 1856 en tanto que la nueva Constitución Federal fue promulgada el 5 de febrero de 1857, es decir, tras un año de arduos trabajos. Entre los diputados notables del Congreso Constituyente de 1856 se encontraban Ignacio Ramírez, José María Mata, Ponciano Arriaga, Santos Degollado, Melchor Ocampo, Marcelino Castañeda, Isidoro Olvera, Francisco Zarco, Ignacio Vallarta, entre otros.

  Por esa época el gobernador de Nuevo León, Santiago Vidaurri había anexado al nuestro, el estado de Coahuila, tema que ocupó arduos debates en el seno del Congreso Constituyente.

  Intervinieron en la Constitución de 1857, como diputados nuevoleo-coahuilenses los Licenciados Manuel P. de Llano y Simón de la Garza Melo, firmándola, y formaron parte, además, de la Diputación, José María Biseca, General y Licenciado Miguel Blanco, Licenciado Juan Antonio de la Fuente, Licenciado Manuel Z. Gómez y Doctor José Sotero Noriega.

  En los debates de este Congreso Constituyente destacó el relativo a la libertad de cultos, tema que finalmente quedó pendiente. Otros temas que destacaron y que son aportaciones para el desarrollo jurídico del país fueron:

  Se decreta, parcialmente, la separación entre la iglesia y el estado; se establece un registro civil, con lo que el registro parroquial dejaba de ser el oficial; en lo sucesivo la iglesia no podía administrar o poseer bienes raíces; se puntualiza el respeto a las garantías individuales o derechos humanos, declarados por primera vez durante la revolución francesa; se establece un sistema unicameral en el poder legislativo y con ello desaparecía la cámara de senadores; se ratificaba la ley Juárez, que prohibía a los tribunales eclesiásticos y militares conocer en materia que no fuera de su absoluta competencia; se proclama la libertad de pensamiento y expresión; se proclama la libertad de enseñanza y de prensa; y, se estipula que la Nación está organizada como República representativa, democrática y federal, entre otros aspectos. 

  Este documento fundamental de 1857 marca el inicio de la estabilidad constitucional, atrás quedaron otros intentos y otros esfuerzos. No obstante lo anterior, habrá que reconocer por una parte que se trató del Congreso Constituyente más brillante de todos, por la calidad de sus integrantes, por la profundidad de los debates, por la intensidad del quehacer legislativo y también por el contenido progresista de los preceptos… por otra parte es necesario justipreciar el momento histórico que se vivía, pues nunca como entonces el país estaba tan polarizado, entre federalistas y centralistas, entre liberales y conservadores.

  Entre todas las personalidades, que poblaron aquel constituyente, quiero referirme de manera especial al que desde mi punto de vista fue un personaje central en el desarrollo de los trabajos y en la trascendencia de su producto legislativo, me refiero a Francisco Zarco Mateos. Para 1856 Zarco que tenía 27 años, ya era Director en jefe del periódico liberal más importante de su época, El Siglo XIX propiedad de Ignacio Cumplido, ya había sido víctima de la persecución contra la prensa en tiempos de Arista y Santa Anna, pero también se había consolidado como un periodista no sólo valiente, sino bien preparado. 

  En el Congreso Constituyente participó como Secretario, intervenía en los debates y formó parte de varias comisiones, entre ellas, la comisión de estilo, además no descuidó su tarea de informar y publicaba cotidianamente en “El Siglo XIX” una crónica de las sesiones. Alguno de sus biógrafos afirma que antes de él, solo el Times de Londres publicaba al día siguiente noticias acaecidas el día anterior. Publicó aquel año su célebre “Historia del Congreso General Constituyente de 1856 – 1857” y con los artículos periodísticos antes mencionados, publicó la “Crónica del Congreso General Constituyente”, obras que son el más fiel testimonio de lo ocurrido en aquel año de productivo quehacer legislativo nacional.

  Zarco que apenas vivió 40 años, si bien es reconocido por el ejercicio de una limpia carrera periodística, también merece estar considerado entre los principales legisladores del país. En la sesión en que se juró la Constitución el diputado Zarco dio a conocer el texto que se le encargó de un Manifiesto a la Nación que fue aprobado unánimemente,.

  En dicho texto el Congreso Constituyente afirma haber cumplido el mandato que le había sido otorgado y precisa que “La igualdad será de hoy en más la gran ley en la república; no habrá más mérito que el de las virtudes;... no habrá leyes retroactivas; ni monopolios, ni prisiones arbitrarias, ni jueces especiales, ni confiscación de bienes, ni penas infamantes, ni se pagará por la justicia...” 

 “Tales son –agregaba- ...las garantías que el Congreso creyó deber asegurar en la Constitución, para hacer efectiva la igualdad, (y)...para no conculcar ningún derecho”.

  Todavía a 167 años de distancia es admirable y emocionante leer el momento solemne del juramento descrito en la crónica del propio diputado Zarco:

  “El recinto –dice el texto- lleno de curiosos arremolinados en pasillos y escaleras, hacen total silencio cuando el vicepresidente del congreso, León Guzmán, abre la sesión y cede la palabra a José María Mata, quien lee el texto y más de noventa diputados, conforme escuchan el nombre de su estado, pasan a firmarla. La ceremonia de inauguración tuvo un momento de emoción profunda cuando el presidente del congreso, Valentín Gómez Farías, "patriarca de la libertad de México, prestando el apoyo moral de su nombre y de su gloria al nuevo código político", viejo y enfermo, se levanta de su escaño y ayudado por varios diputados, llega al centro del salón, se arrodilla delante del evangelio y jura la nueva Ley. Después, todos, de pie y con el brazo extendido, responden a la pregunta de si juran reconocer, guardar, y hacer guardar la Constitución con un enérgico y uniforme: ¡Sí, juramos!”

  No obstante las bondades de aquel ordenamiento, la Constitución enfrenta obstáculos y dificultades, el rechazo del clero, la traición de Comonfort que ya la había jurado, la guerra de la reforma y todavía el reto de la Francia que si bien en otro tiempo había declarado los derechos universales del hombre, ahora se disponía a realizar la más trágica y la más injusta de las intervenciones de rapiña. No obstante, la noche no es eterna y los mexicanos rechazan la fuerza con la fuerza y más temprano que tarde, demuestran a la expectación mundial que no solo habían aprendido a redactar constituciones, sino también a fusilar emperadores que se empeñan en desconocerlas.

  A pesar de estas y otras dificultades la Constitución de 1857 se mantiene en vigencia y pronto inaugura un nuevo método de adaptación a las nuevas realidades, creándose desde entonces lo que hoy es conocido como el Constituyente Permanente.

  Formalmente, la Constitución de 1857 siguió vigente hasta la aprobación en 1917 de nuestra actual Carta Magna. 

  Desde 1910 con Madero y desde antes con los Flores Magón y otros precursores del movimiento revolucionario, un planteamiento reiterado en la lucha contra el porfiriato era reformar la Constitución para darle una orientación más acorde con los anhelos de la nación. A la caída de Madero, desde Coahuila se expide el Plan de Guadalupe contra la usurpación, incorporando el propósito de volver el país al orden constitucional, al grado de adoptar el adjetivo constitucionalista para el movimiento y el ejército encabezado por Venustiano Carranza.

  El primero de diciembre de 1916 se instala el Congreso Constituyente convocado por Carranza en su calidad de encargado del Poder Ejecutivo, durante los siguientes 60 días la ciudad de Querétaro y su Teatro de la República, reciben a los diputados provenientes de todo el país, y tomando como base el proyecto presentado por el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, debaten arduamente el contenido y alcances de una nueva norma fundamental para el país.

  El Congreso Constituyente contó con diputados de todos los estados y territorios del país, con excepción de Campeche y Quintana Roo. Ahí estuvieron representadas ahí diversas fuerzas políticas: los carrancistas o "renovadores", como Luis Manuel Rojas, José Natividad Macías, Alfonso Cravioto y Félix F, Palavicini; los protagonistas o "radicales", como Heriberto Jara, Francisco J. Mujica, Luis G Monzón, ahí estaban hombres de lucha, conocedores de los problemas del pueblo mexicano: generales, ex-ministros, obreros, periodistas, mineros, campesinos, ingenieros, abogados, médicos, profesores normalistas, en fin, los diputados llegados de toda la republica representan fielmente a la sociedad nacional, ahí están representados todos los estratos y todas las tendencias, por ello, el debate por momentos se recrudece y los ánimos se alteran. 

  Es bien sabido que la principal característica de la nueva Constitución será la incorporación de las garantías sociales, que resumen los anhelos por los que el pueblo había tomado las armas. A la postre estas garantías sociales vienen a convertirse en una de las principales aportaciones de México al derecho constitucional, imponiendo un precedente que luego será imitado en otras naciones del orbe.

  Sin embargo no fue fácil lograrlo, en el seno del Constituyente había también voces que defendían la rigidez y la “pureza” de la teoría constitucional y no por el fondo, sino por la forma manifestaban su oposición a la redacción de las llamadas garantías sociales. Este fragmento del diputado Heriberto Jara, ilustra muy bien el tono del debate:

  “Pero insisto sobre lo que cabe o lo que debe caber y no debe caber en la Constitución. Yo quiero que alguien nos diga, alguien de los ilustrados, de los científicos, de los estadistas ¿Quién ha hecho la pauta de las Constituciones? ¿Quien ha señalado los centímetros que debe tener una Constitución, quién ha dicho cuántos renglones, cuántos capítulos, y cuántas letras son las que deban formar una Constitución? Es ridículo sencillamente; eso ha quedado reservado al criterio de los pueblos, eso ha obedecido a las necesidades de los mismos pueblos; la formación de las Constituciones no ha sido otra cosa sino el resultado de la experiencia, el resultado de los deseos, el resultado de los anhelos del pueblo, condensados en eso que se ha dado en llamar Constitución”.

  La nueva Constitución incluía una gran parte de los ordenamientos de la de 1857, especialmente lo referente a las garantías individuales. La forma de gobierno seguía siendo republicana, representativa, demócrata y federal; se refrendó la división de poderes en Ejecutivo, Judicial y Legislativo, éste último manteniéndose conforme a la reforma de 1874 como bicameral es decir con las cámaras de Diputados y Senadores.

  Se ratificó el sistema de elecciones directas y se decretó la no reelección, se suprimió la figura del vicepresidente, se otorgó mayor autonomía al Poder Judicial y más soberanía a los estados. Se creó el municipio libre, y se estableció un ordenamiento agrario en el país relativo a la propiedad de la tierra.

 Ahora sí se estableció la libertad de culto, y se dispuso la enseñanza laica y gratuita, la jornada laboral máxima de 8 horas, y reconoce las libertades de expresión y asociación de los trabajadores.

  La Constitución de 1917 fue la consecuencia jurídica del movimiento revolucionario de 1910 y con todo y sus imperfecciones fue guía para la reconstrucción y base de sustento de la convivencia nacional.

  En el histórico Congreso Constituyente de 1916 – 1917 la representación de Nuevo León recayó en los diputados Manuel Amaya –quien sería Presidente de las Juntas Preparatorias- Luis Ilizaliturri, Nicéforo Zambrano que sería sustituido por Lorenzo Sepúlveda, Coronel Ramón Gámez, Reynaldo Garza y Agustín Garza González, sustituido por Plutarco González.

 En un breve resumen y a manera de reflexión final tenemos que si bien nuestra vocación constitucional parte de la convocatoria de Morelos que culmina con la llamada Constitución de Apatzingán, es propiamente 1824 con el Acta Constitutiva de la Federación Mexicana y con la Constitución Federal, el inicio de nuestra vida constitucional.

  Cabe señalar que entre 1814 y 1847 hubo aproximadamente 10 documentos fundacionales y que a partir de 1824 los documentos constitucionales fueron sustituidos pero no reformados, con la sola excepción ya mencionada de la Constitución de 1824, cuya reforma en 1847 consistió en restituir su vigencia. Lo anterior en parte por el antagonismo político de los caudillos en turno y en cierto modo también, por la arraigada idea de que la rigidez debe acompañar a la norma.

 A partir de 1857, nos han regido sólo dos constituciones y en sentido estricto solo una, ya que la Constitución de 1857 nunca fue derogada formalmente, pues al expedirse el decreto que dio origen a la constitución de 1917, establecía en su proemio que se trataba de un documento que reformaba la de 1857. Esto nos permite afirmar que ahora se cumplen 167 años de aquella Constitución de la Reforma, sino que también conmemoramos un aniversario más de la estabilidad constitucional de nuestro país.

 A iniciativa del presidente Juárez, inició la modalidad de reformar la constitución en lugar de sustituirla para adaptarla a la nueva realidad. Esta ha sido desde entonces una tradición de nuestro derecho constitucional que trata de adaptar “la norma a la normalidad” o como diría Reyes Heroles, nuestra Constitución “es un texto fundamental que ayudó a transformar una realidad y que acatando su propio espíritu, se ha modificado y puede seguir modificándose para regir nuevas realidades, para incorporar a ella nuevos ideales, nuevos métodos de acción, nuevas técnicas exigidas por la complicada sociedad de nuestros días”.

 Este cinco de febrero, al conmemorar el aniversario de la Constitución, tenemos un motivo para la unión y la solidaridad.

 Se ha dicho con razón que nuestra Carta Magna no es punto de llegada, sino punto de partida. Su texto ayudó a transformar la realidad nacional y definió el orden jurídico para transitar bajo los principios gestados por la historia en la conciencia de la nación, como son entre otros: La consolidación de la república democrática; los derechos fundamentales del hombre; las garantías de igualdad; los derechos sociales y el federalismo, como forma de organización del estado que garantiza el orden, la unidad y la libertad. 

 La Constitución está inspirada en la fuerza de nuestra historia, en la vitalidad social y en las legítimas expectativas de los mexicanos. 

  Debemos preservar su vigencia para que siga rigiendo nuevas realidades, transformando y transformándose, fiel a su esencia democrática que se resume en el contenido del artículo 39 que señala que “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo” y que éste, tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.

 Las nuevas realidades sociales del país pueden ser resueltas dentro de la Constitución. El constituyente permanente tiene plena vigencia y desde luego el mandato de la Constitución sigue siendo la bandera de las principales luchas de la sociedad mexicana. 

 La Constitución es un producto genuino del México independiente, obra de varias generaciones de mexicanos, síntesis de nuestra historia y el mejor proyecto para la vida futura de la nación y de la república, mantengamos vivos los principios y valores que son la base fundamental de la convivencia entre los mexicanos.

 

                 Monterrey, febrero de 2024