23/Apr/2024
Editoriales

Arte y Figura 22 02 24

Continuamos con Libro “La Tauromaquia en México” por Antonio Navarrete.

 

Los Tapados

 

Los nobles que bajaban al ruedo, además de jugarse la vida, podían ser blanco fácil de la ira popular, y desde luego eran objeto de la crítica, cuando no de la maledicencia.

 Por tan poderosos motivos, había algunos que preferían guardar su identidad ante el pueblo, y solo la familia y los amigos conocían quienes eran aquellos de a caballo, muy galanes, que realizaban hazañas frente a los toros.

 

La Maroma

 

Los toros “enmaromados” eran aquellos sujetos por una soga hacha de resistentes fibras encontradas en la vegetación de la Nueva España, como el “ixtle”. Las reatas mexicana s cobran fama rápidamente, lo mismo que la habilidad de los nacionales para lanzar y sujetar a los toros.

 Surgen “maromeros” que llenan importantes funciones en las plazas de toros. Profesionales en el uso de las aguantadoras reatas mexicanas, crean números aún más espectaculares, con arlequines que provocan al toro, mientras ellos lo contienen, antes de adornarlo o amarrarlo, a fin de preparar los actos con los que seguirá la fiesta.

 

El encierro

 

En la época, lo mismo en México que en España, la única forma de conducir los toros al lugar de su lidia era a través de los campos primero, y luego por las calles de la ciudad hasta la plaza habilitada para la corrida.

 Así, desde días antes de la fiesta, la población empezaba a participar en ella de manera comunitaria. Al sonar el clarín, por tanto, se había establecido ya el necesario ambiente para el sacrificio.

 La comunión entre nobles, plebe, participantes y observadores alcanza un paroxismo. Luego, el fragor del espectáculo lo hará más fuerte aún, o va a romperlo violentamente en medio de broncas y descontento.

 

Continuará… Olé y hasta la próxima.