02/Mar/2024
Editoriales

ARTE Y FIGURA 23 03 23

Continuamos con Libro “Antonio Bienvenida, El Arte del Toreo”, por José Luis Rodríguez Peral

Antonio Velázquez

 

Empezó a la antigua usanza, como banderillero. Nacido en León, desde muy joven tuvo necesidad de ganar el sustento y aprendió el oficio de subalterno, en el que se distinguió de inmediato, llegando a formar parte de la cuadrilla de una gran figura del toreo: “El Soldado”.

 Cuentan que el motivo por el que decidió empuñar la muleta y el estoque fue que el apoderado del famoso torero le impidió ordenar unos huevos para desayunarse, durante una de las giras de la cuadrilla. Quien tan celosamente administraba los gastos de su matador mientras andaban de viaje, no era otro que Don Francisco Escalona “Campero”, simpático andaluz que había sido banderillero del “Niño de la Palma” y llegó a México como apoderado de nuestro gran torero. En ese momento, Velázquez decidió que en lo sucesivo debería vivir de acuerdo a lo que deseaba.

 Debuta en El Toreo en 1942, para competir con novilleros tan excepcionales como Osorno, Briones y Procuna, a quienes gana la pelea con toreo apretado y lleno de emoción. El cronista “Ojo” habla de sus alardes belmontinos. Toma la alternativa en enero de 1943, de manos de “Armillita” y Silverio de testigo, con toros de Pastejé. Aquella tarde no puede con el de la alternativa, “Andaluz” de nombre, mientras sus alternantes alcanzan el máximo esplendor taurino con “Clarinero” “Tanguito”. La falta de éxito en tan señalada circunstancia lo sitúa en un puesto dentro del escalafón muy difícil de superar.

 Viene la corrida de la oreja de oro dos temporadas después, cuando los toreros españoles habían regresado a nuestros ruedos. El cartel para esa corrida nocturna era: “Cagancho”, Pepe Luis, “Bienvenida”, Licéaga, “El Soldado” y Procuna, con 6 buenos mozos de Torreón de Cañas. Pero a Licéaga se le había recrudecido una lesión en las vértebras lumbares que venía arrastrando había años, ocasionada por la voltereta que le dio un toro en Laredo. Siendo directivo de la unión sindical de matadores, debía decidir quién iba a sustituirlo en la corrida a beneficio de su agrupación.

 Hay dos toreros de segunda fila que se lo solicitan encarecidamente: “El Vizcaíno” y Velázquez. El maestro Licéaga decide que sea el azar quien ponga al torero en el cartel. Avienta una moneda al aire y cae águila, tal vez el símbolo de las alturas que el destino deparaba a Velázquez.

 Aquella noche, no sólo gana la oreja de oro, sino demuestra la fascinación del valor en el arte taurino, cuando un torero decidido a todo se enfrenta a un toro fiero y poderoso. Continúa una carrera de grandes éxitos, pavorosas cornadas y fabulosos contratos, firmados especialmente por Don Antonio Algara. En Papantla, un Rancho Seco le parte el hemitórax. En El Toreo, ya en su nuevo emplazamiento de 4 Caminos, un Zacatepec le mete el pitón por la quijada y le destroza la lengua y el paladar.

 Llega 1969. Después de una agradable comida de amigos en su hogar, los invita a conocer las obras que realizaba en la azotea, con el fin de embellecer aún más aquel palacete situado en aristocracia colonia. Se tropieza con una varilla que emerge del colado y cae de una altura de 3 pisos. Muere a los pocos minutos.

 El águila que aparece siempre en la monedas mexicanas y su propio destino le reservaban una trágica, increíble última palaba a Antonio, Corazón de León.

 

  Continuará… Olé y hasta la próxima.