23/Apr/2024
Editoriales

Arte y Figura 25 01 24

Continuamos con Libro “La Tauromaquia en México” por Antonio Navarrete.

El toro de Fuego

 

Para las ocasiones en que repicaban fuerte, esto es, nacimiento de hijos de notables, llegada e virreyes, aniversario de la victoria sobre la Gran Tenochtitlan (13 de agosto, día de San Hipólito), se importó otra costumbre de España: el toro de fuego.

  Era un espectáculo nocturno, que consistía en echar a una plaza pública previamente cerrada, un toro que iluminaba su paso por medio de antorchas prendidas en los pitones. El espectáculo duraba lo que la borra impregnada de aceite o resina tardaba en arder, período en el que la gente o toreros aficionados se ponían delante del toro para experimentar emociones fuertes, mientras de los balcones otros observaban aquel animal surgido de la oscuridad, como si viniera de otro mundo.

  Al cesar el fuego, todos se recogían. El toro quedaba en la plaza, solo, hasta que el sol iluminaba aquel escenario fantasmagórico y la ilusión cedía ante la realidad cotidiana.

 

El loco toreador

 

Las corridas de toros en la época colonial tendían a la variedad y la diversión, mucho más que a seguir un reglamento y un orden riguroso. En cada función salían al ruedo entre 10 y 20 toros, o más, para ser muertos a caballo o a pie.

  Por otra parte, junto al espíritu caballeresco de los lidiadores en serio, se acostumbraba administrar una dosis de toreo cómico, con el deliberado afán de mezclar el drama y la comedia. Así, era usual la caracterización de un “loco toreador”, que entre suerte y suerte de los demás, salía al ruedo para hacer desfiguros frente al toro. La emoción se convertía en risa, se atemperaba el espectáculo, y el conjunto adquiría mejor sabor aún.

 

 Continuará… Olé y hasta la próxima.