23/Apr/2024
Editoriales

Monterrey y el agua, una relación agridulce. Desde la Fundación hasta 1782

Qué comodidad es tener de día y de noche agua potable en nuestra casa. Si sentimos sed o deseos de ducharnos a cualquier hora, con solo girar la llave aparece un torrente del vital líquido. Esta ‘magia’ crece cuando pensamos en el tamaño y ubicación geográfica de nuestra Ciudad, pues el Área Metropolitana de Monterrey, con cinco millones de habitantes, se encuentra en una región de clima semiárido cuya precipitación promedio es apenas de 600 mm al año.

 

El agua es, por tanto, el Elemento de nuestra Ciudad; su perenne escasez y extraordinarios excesos ponen a prueba la tenacidad de sus habitantes. Al principio se tenía la impresión de que sus fuentes eran inagotables, pues la mancha urbana era mínima. En el Acta de Fundación de la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey se describe la existencia de comodidades en el Valle de Extremadura, es decir, del espacio que ahora ocupa el Área Metropolitana de Monterrey. Entre esas comodidades destacan los “buenos aires y aguas” y los “ríos y ojos de agua”.  

 

La existencia del agua siempre ha sido una exigencia para cualquier fundación, y su cantidad debía garantizar la subsistencia de la población. En tal virtud, en este fragmento del Acta de Fundación de nuestra Ciudad, vemos que sí había agua suficiente:

 

 

“…en las comodidades que este valle de Extremadura, comarca y puesto donde estoy con los vecinos y pobladores que conmigo han venido con todo el avío necesario para la dicha población y teniendo más aprovechamiento, que en él y en su contorno hay y puede haber y ser puesto y lugar apacible, sano y de buen temple y buenos aires y aguas y muchos árboles frutales de nogales y otras frutas y haber como hay muchos montes y pastos, ríos y ojos de agua manantiales y muchas tierras para labores de pan coger y muchas minas de plata que en su comarca hay de tres, diez y quince leguas a la redonda y sitios para ganados mayores y menores y otros muchos aprovechamientos…”

 

 

Esta redacción obedece a que las Leyes de Indias entonces vigentes, Libro Cuarto, título V, Ley I, así lo exigían:

 

ORDENAMOS, Que habiéndose resuelto de poblar alguna provincia o comarca de las que están a nuestra obediencia o después se descubrieran tengan …muchas y buenas aguas para beber, y regar…”

 

Por su parte las Ordenanzas de Descubrimiento, Nueva Población y Pacificación de las Indias dadas por Felipe II, el 13 de julio de 1573, en el bosque de Segovia, en su artículo 35 decían:

 

“35. Y que sean fértiles y abundantes de todos frutos y mantenimientos y de buenas tierras para sembrarlos y cogerlos, y de pasto para criar ganados, de montes y arboledas para leña y materiales de cassas y edificios, de muchas y buenas aguas para bever y para regadíos”. Como se cumplió con ambas legislaciones, es claro que la escasez de agua vino después.

 

Las fuentes originales de agua

Para cumplir con el requisito de ser una Ciudad Metropolitana, Monterrey debía ser “la cabeza” de un conjunto de poblaciones, desde luego que cada una de ellas debía tener sus propias aguas.

 

Como cabecera, Monterrey tenía sus fuentes de abasto en el Río Santa Catarina que era de aguas corrientes y se crecía en épocas de lluvia. Además las galerías subterráneas que con sus escurrimientos nutrían a los tres Ojos de Agua principales que a su vez, formaban el Río Santa Lucía, y se daba la impresión de que el recurso hídrico era inagotable.

 

Donde hoy está el Obelisco a los Fundadores -Juan Ignacio Ramón y Cuauhtémoc-, nacía el Ojo de Agua de Santa Lucía, que daba nombre al Río cuyo cauce corría más o menos por la actual calle de Juan Ignacio Ramón al poniente hasta unirse con el Santa Catarina a la altura de donde hoy está el Parque Fundidora.

 

El segundo Ojo de Agua era el del Roble que nacía en las cercanías de esa Basílica, y escurría por donde se encuentra hoy la calle de 15 de mayo hasta la de Emilio Carranza, donde se desviaba al sur hasta unirse al cauce del Santa Lucía.

 

Y finalmente el Ojo de Agua grande, o De la Ciudad que estaba en los actuales bajos del edificio del Congreso del Estado, formando un pequeño estanque que luego escurría al norte para unirse al Santa Lucía en el cruzamiento de las actuales calles de Escobedo y Juan Ignacio Ramón.

 

Las sacas de agua

En la primera ubicación de la Ciudad, de 1596 a 1611, en la ribera norte del Río Santa Lucía existía una línea de jacales cuyos habitantes tomaban agua directamente del Río Santa Lucía y los demás se servían de acequias con agua tanto del Santa Catarina como del Santa Lucía.

 

En este documento, de 1602, vemos la venta de una ‘saca de agua’ del Santa Catalina (Catarina). Para entender este contrato comercial es necesario saber que había unas tierras que eran propiedad de la Santísima Virgen de Nuestra Señora de Monterrey, es decir de la Iglesia, que se rentaban y con el producto se mantenía el templo: 

 

“Juan Martínez de Lerma y Dionisio de Lerma, hijos, herederos y albaceas testamentarios de Juan Pérez de Lerma y Mariana Martínez, por si y por Esteban y Gaspar de Lerma, sus hermanos, venden a Diego de Ayala Treviño, vecino de esta jurisdicción, cuatro caballerías de tierra que hubo su padre por compra a Juan Romero, teniente de justicia mayor y ante Pedro Velada, Escribano. Lindan con tierras de la Virgen, y tiene saca de agua del río Santa Catalina y los Nogales, según parece de la merced hecha a Juan López por el Gobernador Diego de Montemayor el 5 de junio de 1602. En 250 pesos, en plata”.

 

El cambio de ubicación de la Ciudad

 

Decíamos en el segundo párrafo de este texto que el elemento agua era determinante por su ausencia o su exceso, y sucedió que la Ciudad de Monterrey se inundó en el año de 1612, por lo que se decidió reubicarla al sur, en una cota más alta, alrededor del predio en donde se trazó la actual plaza Zaragoza, bautizada entonces como Plaza de Armas.

 

La Ciudad siguió dependiendo aún de los ríos Santa Catarina y Santa Lucía, a partir de los cuales se desenvolvió una gran red de acequias, tanto para el uso de los solares urbanos como para los rurales, así como las de San Jerónimo (área que aún conserva el mismo nombre) y otras llamadas las Nuevas Labores, por donde hoy está la colonia Madero. Además había una acequia que regaba lo que hoy es el centro de Guadalupe.

 

(1614) “En Merced otorgada a capitán Alonso de Treviño, de 4 caballerías de tierra, de la otra parte de Juan Pérez de Lerma, por la banda del norte, y hacia debajo de la dicha estancia, con saca de agua del Río de Santa Catalina y ojos de Santa Lucía; y merced de 2 rancherías de indios: Gualama y Gualeguia, y otro cacique de la parcialidad de los capaes; más un sitio de ganado mayor y 3 de menor, arriba de dicha estancia, para mis yeguas y vacadas y ganado menor, que estoy presto de las poblar. Ante el capitán Diego Rodríguez, justicia mayor y teniente de capitán general, y Rodrigo Flores, secretario.”

 

Así, cada uno de los poblados que conformaban la comarca de Monterrey, hoy los municipios metropolitanos, tenían sus propios recursos hídricos. Veamos.

 

 

SAN PEDRO GARZA GARCÍA

 

San Pedro de los Nogales fue un fértil valle que producía todo tipo de cultivos y árboles frutales, por lo que sus fuentes de abastecimiento de agua eran muy importantes. Entre ellas estaban los múltiples escurrimientos de la Sierra Madre y de la Loma Larga que creaban innumerables arroyos, cuyos principales cauces son El Capitán, el escurrimiento del Carrizalejo, el Río San Agustín, y el Arroyo el Obispo.

 

Carta de dote. Otorgada a favor de Mónica Rodríguez, por sus padres, el capitán Diego Rodríguez y Sebastiána de Treviño, vecinos de ésta villa, al casarla con el capitán Miguel de Montemayor, quien otorga recibo de ocho mil pesos según memoria fechada el 10 de febrero de éste año, en los géneros siguientes: la estancia de los Nogales “con sus acequias hechas, sacas de agua, casas de vivienda, corrales, etc. ; los indios cacamaras de la nación tepeguana y el cacique Cuayulacuata, el cacique Pinamoqui, guachichiles, todo en precio de 4,046 pesos; 12 bueyes mansos de arada, a 12 pesos cada uno; cuatro rejas nuevas; cuatro azadones, 150 yeguas de vientre, a 7 pesos cada una, que todo hacen los 8 mil pesos”. Ante el gobernador Martín de Zavala y Juan de Abrego, secretario.

 

 

GUADALUPE

 

En la primera época como parte de la comarca de Monterrey, Guadalupe era un conjunto de haciendas como las de La Cruz, Los Lermas, la Pastora y otras, además de innumerables rancherías, todas dedicadas a la agricultura y la ganadería.

 

El principal cauce de agua de Guadalupe es el Río La Silla -único río en toda el área metropolitana que hoy sigue con vida natural- que nace en el Cerro de La Silla y circunda sus faldas para desembocar en el Río Santa Catarina. Guadalupe tiene también los manantiales de La Pastora y Los Alamitos.

 

En este documento se ve una Merced de agua del Río Santa Catarina para regar tierras de lo que hoy son las cercanías del centro de Ciudad Guadalupe:

 

Merced a Juan López de tres caballerías de tierra “entre los ríos el de las Sabinas de la Silla y el de Santa Catalina, por bajo de tierras del tesorero Diego de Montemayor a un lado por orillas del río de Santa Catalina por abajo..., con un sitio para casa y huerta, con saca de agua del río de Santa Catalina, para sembrar trigo y maíz y otras legumbres". Hace relación de servicios. Gobernador, Diego de Montemayor.

 

Aquí tenemos otro ejemplo de extracción de agua para ganadería, y además para mover la maquinaria de un molino. Se debe aclarar que por ‘herida’ se entiende la interrupción o ruptura de un cuerpo, es decir que desviar el Río le decían ‘herir al río’.

 

(1604) Merced a Diego Rodríguez, vecino de ésta ciudad de cuatro caballerías de tierra, a lindes de Juan de Treviño, con saca de agua del Río de la Silla, a las faldas de la Silla y un herido de molino y un sitio de ganado mayor “como cuatro leguas de ésta ciudad, con un potrero, una legua más adelante de la Boca”. Ante el gobernador Diego de Montemayor. Monterrey, 15 de junio de 1604. (Copia simple).

 

 

SAN NICOLÁS DE LOS GARZA

 

San Nicolás de los Garza con sus dos nombres coloniales: Estancia de Diego Díaz y Estancia de los Garza, no cuenta con manantiales propios, pero es atravesado por los arroyos del Topo Chico y la Talaverna, que posibilitaron una intensa actividad agrícola. Sin embargo, por ser un llano, en tiempos de lluvia se formaban ciénagas y charcas perenes. Aquí vemos una Merced en el año 1597 en terrenos del Mezquital.

 

(1597) Merced hecha a Miguel de Montemayor, hijo de doña Estefanía de Montemayor, de tres caballerías de tierra, “en una ciénega grande que está a un lado de la estancia del tesorero Diego de Montemayor, que tiene en los ojos de San Francisco, a manizquieda, como vamos al río de la Pesquería Chica, junto a un monte de encinal y de mezquital...; con unos ojos de agua que bajan de las faldas del Topo”. Mas el cacique Coniamua, cuatahe con su gente; y el Catara y Caguama, borrados, barreteados, con su gente; y un sitio de estancia de ganado mayor y cuatro caballerías de tierra, como a una legua de ésta ciudad, en un arroyo que sale en una boca de las lomas que están frontero de la Silla, hacia la parte donde se pone el sol; y los caciques Pauyguilahui, barreteado, Popocan y el tenaguane. Las cuatro caballerías de la boca de San Miguel, se le conmutan a lindes de la estancia de San Salvador, con consentimiento de Diego de Montemayor, dueño de ésta. 6 de mayo de 1611. Ante el tesorero Diego de Montemayor, teniente de gobernador y capitán general “para la segunda reedificación de él”. En su nombre pide la merced Diego de Montemayor “su tío”.

 

También es notorio que el agua no solo tuviera uso agrícola y ganadero sino que sirviera a la industria de la minería. Veamos esta operación de compra - venta:

 

Francisco Báez de Benavides, vecino y minero en las descubrimiento de San Nicolás de Tolentino, vende al capitán Bernabé de las Casas, “mi tío”, las partes de minas “que yo he y tengo como tal descubridor en la dicha mina de San Nicolás de Tolentino y todas las que tengo en éste reino, sitio de ingenio de fundir y todas las demás mercedes de tierra, aguas e indios que se me hayan hecho”. En $1500 pesos. Ante el propio Bernabé de las Casas y Antonio Farías, escribano nombrado. Testigos, Fray Antonio Moreira, Bartolomé de Herrera y Juan Maldonado.

 

 

APODACA

 

Apodaca, que en tiempos coloniales tomaba el nombre de San Francisco, era cruzada por los otrora caudalosos Río Pesquería y sus afluentes, los arroyos del Topo Chico y de la Talaverna que nutría los cultivos de Santa Rosa y Aguafría. También cuenta con manantiales como el de Santa Rosa, llamado el Infiernillo, y el de Charco Azul en Huinalá. Sin embargo, el Ojo de Agua principal era el de San Francisco.

 

(1610) “El Gobernador Diego de Montemayor vende al Capitán José de Treviño”... un sitio de estancia de labor de pan coger, de trigo y maíz, que yo he y tengo en los ojos de agua que llaman de San Francisco, con un sitio de ganado menor y cuatro caballerías de tierras y una ciénega que está junto a esta dicha estancia, hacia la parte del norte, la cual tiene otras cuatro caballerías de tierras; y asimismo os vendo un sitio de ganado menor con dos caballerías de tierra en otra cieneguilla y los ojos de San Francisco, que tengo de merced que dello hizo Gaspar Castaño de Sosa, como alcalde mayor y capitán que era de la villa de San Luis, y confirmado todo por el gobernador Luis de Carbajal; y la ciénega la tengo por merced y señalamiento que yo, como gobernador y capitán general hice para mí, por la facultad que para ello me da Su Majestad; y la estancia de San Francisco tiene tierras labradas y cultivadas, cequías (sic) sacadas y casas hechas y cubiertas; todos los cuales sitios y estancias os vendo ... por precio y cu antía de cuatro mil pesos ...” Ante Alonso López de Baena, Alcalde Ordinario. Testigos Diego de Treviño, Marcos Alonso y Cristóbal Fernández. “No entran en este traspaso un indio Gaspar, cojo, cayaguama, y su mujer e hijos, porque ansí fue concierto entre nos”

 

En el siguiente documento (fragmento) se advierte una curiosidad en la comarca de Monterrey, pues en lo que hoy es Apodaca había una isla en donde se criaban cerdos.  

 

(1605) “Venta de Manuel de Mederos, a José de Treviño, en una isla que hace entre el río y un ojo de agua que tenéis con vuestros sitios de estancia que lindan con estas mis tierras... con agua del río y más una estancia de zaurda para cría de puercos que tengo en éste mi sitio de estancia de labor, lo cual estará como tres leguas desta población hacia la derecha del norte, adelante del río del Topo, según consta de la merced que tengo; y mas os vendo una mina con diez varas de mina, registrada en el descubrimiento de la Ascención en la veta de los Pinos y Helechos de San José, en $133 pesos de otro común: Ante el gobernador Diego de Montemayor y Rodrigo Flores Carballo, escribano Público y de Cabildo. Miguel de Montemayor, Juan Pérez de Lerma y Andrés Ramírez Cartaya. Monterrey, 1o. de diciembre de 1605”.

 

 

ESCOBEDO

 

Lo que fuera la Hacienda de los Topos contaba con recursos hídricos como el Río Pesquería que atraviesa su territorio, y los arroyos provenientes de los escurrimientos del Cerro del Topo Chico y el del Cerro de San Miguel.

 

Entre las maravillas naturales de nuestra Ciudad existen en el propio Cerro del Topo Chico dos Ojos de aguas termales y salitrosas que escurrían hacia el sudeste que permitían la extracción de sal, preciado elemento para la alimentación.

 

(1604) Mateo de Villafranca, vende a José de Treviño, ambos vecinos de ésta ciudad, dos caballerías de tierra y un sitio de huerta, “a lindes de tierra de Marcos González, en los Llanos del Topo, con agua de Santa Catalina y ojos de los Nogales. En 50 pesos de oro, “que me distes y pagastes en un caballo alazán, que en ésta cantidad se apreció”. Ante el gobernador Diego de Montemayor. Monterrey, 30 de mayo de 1604. (copia simple).

 

Entre los años 1596 y 1782 se puede considerar la primera etapa en la relación hídrica y los reineros, que no se requería más que acequias y se vivía con el agua naturalmente disponible, aunque desde luego, variaba según las épocas del año y los años de sequía o de aguas fuertes.

 

¿Cómo inició el problema de escasez de agua en Monterrey?

Sin embargo, en 1782 alboreaba el origen del problema de la escasez de agua, porque la población de la Ciudad se incrementó de unos cientos a diez mil -tres mil en la Ciudad de Monterrey y siete mil en la comarca-. Además el agua comenzaba con un incipiente problema de disponibilidad y de calidad. Porque al brotar de los Ojos de Agua salía limpia, pero al llegar al barrio de Tenerías ya iba contaminada, pues las acequias y los ríos eran usados como drenaje y vertedero de desechos, para asearse las personas y para uso animal. 

 

Otro elemento muy importante que impactó en el abasto del agua, es que entre 1750 y 1775, un reacomodo de tierra cegó el Río Santa Catarina convirtiéndolo en subterráneo. Esta nueva condición natural cambió radicalmente el estatus del abasto, pues la comunidad reinera empezó a depender exclusivamente del Río Santa Lucía.

 

Expresa Herrera y Leyva que después de la inundación ocurrida en el año de 1750, comenzó a correr subterráneamente “un cuarto de legua antes de llegar a la ciudad” y luego añade “tiene mucha sacas de agua con que se riegan varias haciendas y otros laboríos a dos leguas vuelve a salir; se junta con el de Ramos en Sabinos Altos…”

 

La desaparición de las aguas superficiales del Río Santa Catarina generó la primera crisis de escasez de agua en la Ciudad.

Continuará…

 

FUENTES

 

Simón de Herrera y Leyva, Catálogo de Noticias Concernientes a esta Provincia del Nuevo Reino de León. 

ARCHIVO DE MONTERREY 

COLECCIÓN

Protocolo. Volumen 1, Expediente 1 folio 24, No. 16

VOLUMEN 0.  Expediente. Folio 274. 104

COLECCIÓN 

Civil 18. 8. 1

Volumen 8. Expediente 18. Folio 8

Volumen 14. Expediente 10. Folio 5

Volumen 8. Expediente 15. Folio 6

CONAGUA